¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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COLOMBIA

 

Era un corazón rojo y dorado, pero no era un corazón de mentiras: tenía todas las venas y arterias y demás detalles, como los que uno ve en las carnicerías. Sólo que éste era diminuto y estaba hecho de oro y vidrio de color.

Era demasiada tentación para un niño de mi de edad.

Se destacaba entre los demás exvotos, unos también de oro y otros de plata, que llenaban las paredes de la capilla. Eran piernas, brazos, hígados, manos, lenguas, dedos, estómagos, ojos, pulmones, narices, riñones, había copias de cualquier parte del cuerpo que yo podía nombrar y de muchas otras que no conocía. Brillaban aquí y allá tras el humo del incienso, con las luces de colores que se filtraban a través de los estrechos vitrales.

Yo tenía ocho años y ya había aprendido lo que eran los exvotos. Nuestra vida, la de todos los que nacemos en el valle, gira siempre en torno a ellos. También había aprendido que me podía meter en problemas si agarraba ese corazón. Los niños no podíamos coger los exvotos, por más bonitos y brillantes que nos parecieran. Solamente estábamos ahí para acompañar a las mamás.

En el centro de la capilla estaba la imagen de la virgen, rodeada por cientos de velas encendidas. El resto de la catedral permanecía en penumbras. La imagen de Nuestra Señora estaba vestida de blanco y tenía un manto negro con bordados dorados. Su rostro era pálido y tenía lágrimas de vidrio en las mejillas. Hacía muchos años, cuando la instalaron en la capilla, llevaba al niño Jesús cargado, pero ahora de él ya sólo quedaba un montoncito de escombros a los pies de la virgen. Ella no tenía manos, los brazos estaban rotos a mitad del antebrazo.

La larga fila de mamás recorría lentamente el estrecho espacio entre la virgen y los exvotos. Yo estaba cansado y aburrido, llevábamos en esa fila desde las tres de la mañana, esperamos horas antes de que abrieran la catedral y todo porque mi mamá quería ser de las primeras en entrar. Igual tenía que estar calladito. Todo el mundo estaba en silencio y sólo se escuchaba una y otra vez el canto pregrabado del Ave María.

Mamá se detuvo a contemplar un grupo de exvotos de plata en forma de riñón. Yo aproveché su descuido y le eché mano al corazón. Nadie se hubiera enterado de no haber sido porque detrás del corazón se vinieron abajo dos docenas de exvotos.

—¡Le dije que no tocara nada! —Mi mamá nunca nos pegaba, pero a veces ponía esa voz que nos dejaba pálidos—. A ver, ¿qué fue lo que cogió?

La miré con los ojos más inocentes que pude conseguir y negué firmemente con la cabeza.

—Respóndame, pues. A usted no le han sacado la lengua.

Le mostré ambas manos con las palmas abiertas. Vacías.

—Abra la boca. —No era fácil engañarla. Durante dos largos segundos consideré seriamente la alternativa de tragarme el corazón, pero caí en cuenta que un extremo de la cadenita se asomaba acusador entre mis labios, así que me di por vencido.

Saqué la lengua y mi mamá cogió el corazón, todo lleno de babas.

—¿Usted sabe lo que le puede pasar si lo descubren con esto a la salida de la catedral? —preguntó, mientras lo limpiaba con la falda y lo volvía a poner en su sitio.

—Entiéndame, hijo. Yo lo que quiero es lo mejor para usted y para sus hermanos. —Ya no parecía estar tan molesta. Juntos recogimos los demás exvotos del suelo.

Después ella escogió dos de los riñones de plata, y tomó también cuatro dedos de oro, (uno era un pulgar) y una nariz. Todo lo metió en una bolsita de tela negra y se la guardó en un bolsillo.

—Con esto tenemos para cumplir la cuota —me dijo—, para eso madrugamos tanto, más tarde no quedan sino hígados y pulmones.

—Y corazones —dije yo.

 

 

Los domingos eran los días en que más turistas venían al valle. Turistas y peregrinos.

Cada año llegaba más gente y había filas de autobuses para entrar a las explanadas que se habían habilitado como parqueaderos. Todos venían a visitar a Nuestra Señora de los Donores.

Mi familia administraba una de las tiendas de artículos religiosos en la calle del frente de la catedral. Vendíamos estampitas y escapularios y también imágenes de yeso de la virgen en distintos tamaños, nuevas, con el niño todavía intacto, pero ésas no se vendían bien. Lo que mejor se vendía eran los exvotos: el mostrador central estaba lleno de cajitas de cartón, cada una con la muestra pegada a la tapa con cinta adhesiva, ésta una oreja, la otra un páncreas, la de más allá un pie. Las cajas estaban organizadas según un orden anatómico que mis hermanos mayores dominaban a la perfección.

Los que compraban exvotos eran más que nada los peregrinos, para luego colgarlos en las paredes del santuario de la virgen. Las horas de visita para ellos eran en las tardes, ya pasado el mediodía. Nunca coincidían con nosotros dentro de la catedral.

A veces los turistas compraban algún exvoto como souvenir, por eso había que encargar nuevos a los talleres de vez en cuando. El resto volvía a las tiendas, una vez había cumplido su cometido.

 

 

A mí no me gustaba ayudarles a mis hermanos mayores en la tienda. Yo prefería juntarme con mis amigos y repartir volantes a los visitantes. Lo hacíamos por las propinas que nos daban los turistas. Nos vestíamos con la peor ropa y la ensuciábamos a propósito, y entonces las señoras nos miraban con ojos encharcados y nos daban más plata. Casi siempre se tomaban fotografías con nosotros.

De todos, la que más éxito tenía era mi amiga Lucía. Ella tenía entonces diez años, dos más que yo, y unos ojos azul profundo, con manchitas tan brillantes que parecían de oro.

Lucía era tan bonita que alguna vez usaron una foto suya para la publicidad. La llevaron a la costa, solamente para tomarle la foto: La cara de ella aparecía en primer plano y el mar atrás, del mismo azul que sus ojos. Ella lo único que quería era bañarse en el mar, pero los señores de seguridad ni siquiera la dejaron mojarse los pies.

Ese mes, todos querían tomarse una foto con la niña del volante. No sólo los turistas, también los peregrinos.

Montamos todo un espectáculo: mientras Lucía posaba con la gente, los demás hacíamos bulla con pitos, matracas y tambores improvisados, y nos turnábamos para leer con voz muy seria las frases de los volantes.

“¿Por qué esperar a que le fallen los riñones? ¡Remplácelos hoy mismo y aproveche nuestros cómodos planes de pagos!”

Los que no estaban en la fila para la foto, nos hacían un corrillo.

“¿Sabía usted que cultivar un nuevo órgano en el laboratorio le cuesta entre siete y ocho veces más que la alternativa natural? Además, ¿quién quiere esperar diez años para estrenar páncreas? ¡Libérese ya de la diabetes!”

Leíamos con perfecta entonación y sin tropezar en las palabras. Para ese entonces ya habíamos aprendido todo lo que en el colegio nos podían enseñar: leer de corrido y escribir con letra pegada y despegada, también sumar y restar, y hasta multiplicar.

“Decídase por la alternativa natural. No se arriesgue con órganos construidos en fábricas, con procesos artificiales y cientos de productos químicos. Y recuerde, ¡no le cuesta más!”

Llegó entonces mi turno, preciso en la frase con la palabra largota.

“Ciento por ciento garantizado. Completa compatibilidad con su sistema i-nu… i-nu… ¡I-nu-mo-lógico!” Obviamente los pitos resonaron, burlándose sin misericordia.

—Sistema inmunológico —me corrigió uno de los turistas. Tenía todo el pelo blanco y unas gafitas redondas—. ¿Sabes lo que es el sistema inmunológico?

Lo miré con mi cara de tonto. Se supone que los turistas no preguntan cosas como ésa.

—Es una cosa que tenemos en la sangre para que no nos enfermemos —acudió Lucía en mi auxilio.

—Muy bien, jovencita —respondió el turista de gafitas redondas—. Pero esa cosa también hace que nos enfermemos cuando recibimos un transplante que no viene de un donante universal, por eso son tan importantes. —Sonrió y le entregó un par de billetes.

Lucía le devolvió la sonrisa y después se tomó varias fotos con él y con la esposa.

 

 

Más tarde, cuando Lucía y yo estábamos contando el dinero recogido en el día, le pregunté:

—Lucía, ¿qué es un donante universal?

Lucía terminó de contar un morrito de monedas de cien.

—Creo que es otra forma de decirnos a nosotros, los donores. Es como nos llama la gente que escribe en los libros y en las revistas.

—Ya… ¿y por qué no dicen simplemente donores?

—¡Yo qué sé! —respondió distraída.

 

 

Por las tardes teníamos colegio pero no estudiábamos. Había clase de educación física. Todos los días, incluso los sábados, sin falta.

El profesor de educación física tenía una barriga enorme, que le salía pareja desde el pecho. Iba vestido de sudadera y llevaba un silbato colgando del cuello y su escarapela verde de la Compañía. Los que vivíamos en el valle éramos todos donores o gente de la Compañía. Los turistas nunca se quedaban más que de un día para otro y los peregrinos si pasaban de una semana era mucho.

Cada día le dábamos veinte vueltas a la cancha. Marchando a lo que más podíamos, pero nunca corriendo.

—Correr daña las rodillas —nos decía el profesor—. No queremos rodillas malas, ¿cierto?

Al único de mi salón al que dejaban correr era al Mocho. Todos lo mirábamos con envidia cuando nos pasaba volando con sus piernas de aluminio y poliestireno reciclado.

A mí me hubiera gustado jugar al fútbol, como los jugadores que veíamos en la televisión, o como los niños que salían en las películas. Pero tampoco dejaban.

—Se pueden partir una pierna o hasta sacar un ojo. ¡Con lo que cuesta un ojo hoy en día!

Nos dejaban jugar a la pelota, pero aquello era una cosa muy distinta al fútbol. Teníamos que ponernos casco y gafas protectoras, también rodilleras, coderas y un chaleco acolchado. Casi ni podíamos movernos. Pero era a lo que podíamos jugar.

 

 


Ilustración: Claudio “Maléfico” Andaur

Recuerdo una tarde que había llovido y se me había embarrado el uniforme, incluso las gafas y el casco. Al llegar a casa, escuché voces en la sala, eran varias mujeres hablando en voz baja. Entré y vi a mi mamá, arrodillada frente al altar de Nuestra Señora.

En ninguna de las casas del valle podía faltar el altar dedicado a la Virgen de los Donores. El de mamá tenía pegadas en la pared, alrededor de la virgen, fotografías de cada uno de mis hermanos y hermanas, también estaba la mía. Manteníamos dos veladoras de las grandes encendidas a lado y lado de la imagen.

Una vecina tenía la camándula en la mano. Rezaba en voz alta y las demás señoras le respondían. Todas estaban vestidas de negro.

 

“¡Ay dolor, dolor, dolor,

por mi hijo y mi Señor!

Yo soy aquella María

del linaje de David.”

 

Era la novena de la virgen.

Mamá alcanzó a verme y me dio la noticia. Mi hermano Braulio había salido esa mañana con otros dos de mis hermanos mayores para el puesto de salud. Iban a hacerse la extracción de médula ósea. Era una cosa de rutina, todos los años había que hacerlo al menos una vez, los hombres desde los doce años y las mujeres desde los catorce.

 

“A mí me dijo Gabriel

que el Señor era conmigo,

y me dejó sin abrigo

más amarga que la hiel.”

 

—La intervención se complicó —me dijo en voz baja, casi susurrando—. Le dio un trombo. Se le fue al cerebro y ya no despertó. —Mamá tenía los ojos rojos y la cara congestionada.

 

“Díjome que era bendita

entre todas las nacidas,

y soy de las doloridas

la más triste y afligida.”

 

Una de las señoras, la vecina del piso de arriba, se nos acercó y le dijo algo a mi mamá al oído. Yo no alcancé a entenderle.

—No, tranquila. Yo acá tengo uno —le respondió mi mamá—. Mis hijos me lo regalaron la Navidad pasada. —Abrió un cajón pequeñito en la mesa del altar y sacó de él una caja forrada en terciopelo negro. Adentro había un martillito y un cincel, ambos de plata y decorados con grabados.

 

“Decid, hombres que corréis

por la vía mundanal,

decidme si visto habéis

igual dolor que mi mal.”

 

Mamá se acercó a la imagen de la virgen. Al niño le faltaban un pie y todo el brazo derecho. Mamá tomó el cincel y el martillo y de un golpe le tumbó los deditos del otro pie. Después se levantó y sopló sobre cada una de las veladoras. Las llamas se apagaron y quedaron dos hilos de humo gris.

 

“Y vosotras que tenéis

padres, hijos y maridos,

ayudadme con mis gemidos,

si es que mejor no podéis.”

 

—¡Ay, hijo! Ése fue el destino de la Virgen María: entregar a su hijo en sacrificio. Y ése es el destino de nosotras las mamás. Tener y tener hijos, uno detrás del otro. Para después entregarlos a la cuchilla de los cirujanos. Por lo menos Braulio no se me murió jovencito. Hay que agradecer que pudo vivir hasta los diecisiete.

Yo estaba pensando en otra cosa y al fin le pregunté:

—Mamá, ¿qué es un marido?

 

 

Pasaron dos semanas y llegó la notificación de la Compañía. Con la muerte de Braulio la familia había cumplido su cuota anual. Al menos hasta enero no tendríamos que decidir quién iba a dar el próximo riñón, o el páncreas, o un pulmón. Incluso nos tocaba un bono adicional. Ya la Compañía había hecho el depósito en la cuenta de mamá.

Al día siguiente fuimos al centro comercial y el fin de semana, todos estrenamos. Yo estaba muy contento con mis tenis nuevos, rojos y negros con cintas plateadas.

 

 

Todos en mi familia somos donores. Todos excepto Benjamín, el menor, que fue rechazado al nacer. Porque él fue rechazado hoy está muerta mamá. Porque ella estaba muerta, decidí salir del valle. Y porque salí del valle…

Todo porque nació Benjamín.

Justo después del parto le hicieron los mismos exámenes que nos hicieron a todos nosotros. Pero él no pasó la prueba, no era un donante universal. Por eso no le tatuaron la marca que llevamos todos los demás:

 

Property of

Universal

DONOR

Incorporated

 

La palabra “DONOR” está escrita en letra grande, el resto de la frase apenas si se alcanza a leer. Por eso nos llaman donores: los donantes universales. Todos nuestros órganos, cualquier parte de nuestro cuerpo es, por así decirlo, Plug and Play. Cualquier persona puede recibir el transplante, sin riesgo alguno de rechazo, sin drogas ni tratamiento alguno: Plug and Play.

 

 

Después de que compran los exvotos en las tiendas, los peregrinos tienen que pasar a la oficina de registros de la Compañía. Allí diligencian sus solicitudes y deben hacer un depósito dependiendo del tipo de órgano y de la edad del solicitante. Se reciben todas las tarjetas, Visa, Mastercard, American Express. Sólo después de aprobado el crédito marcan el exvoto con un código y le ponen el precio. Apenas una cuarta parte de eso le corresponde a la familia, el resto es para la Compañía.

Mi hermano Braulio trabajaba en esa oficina hasta que pasó lo de la trombosis, pero no era por necesidad. Los donores no tenemos que trabajar, nuestro trabajo es ser donores.

Sólo cuando los exvotos están marcados entran los peregrinos a la catedral. Todas las tardes, casi hasta que se pone el sol, hay filas de ellos. Adentro, la misma música pregrabada, la misma oscuridad, las velas encendidas.

Los peregrinos cuelgan entonces los exvotos en las paredes de la capilla. Algunos los adornan con cintas o con flores secas, otros incluso rezan algo antes de retirarse.

Al otro día, desde la madrugada, entran las mamás a la catedral, algunas solas, otras con uno o dos niños, la mayoría están embarazadas. A las mamás les corresponde administrar las cuotas de la familia, como cabezas de hogar.

Los peregrinos nunca se enteran quién recoge su exvoto.

Los donores nunca sabemos quién lo colgó.

 

 

El día en que nació Benjamín, yo acababa de cumplir trece años y mamá tenía cuarenta y cuatro.

Después de los cuarenta es cuando empiezan a nacer los rechazados. Todos lo sabíamos, así que de alguna manera lo estábamos esperando. Durante los últimos cuatro embarazos estuvimos pendientes. Unos en el centro de salud y los otros llamando de tanto en tanto a averiguar noticias. Sin embargo, las tres niñas salieron todas con su marca de “DONOR”, y también los mellizos.

Yo estaba ese día en la sala de espera con tres de mis hermanas mayores. Ellas rezaban murmurando para sí mismas. En lugar de rezar, yo miraba un partido de fútbol en el televisor. Hacía mucho calor y el único ventilador estaba malo. También estaban los mellizos, por alguna razón no había con quién dejarlos en casa. Ellos protestaban de vez en cuando, pero ya no había más ropa que quitarles.

“Acompañantes de la señora Dolores Pérez.” La voz apenas si se entendía en el parlante.

No nos hicieron pasar al pabellón de recién nacidos sino a una oficina pequeña donde había instalado un aparato de aire acondicionado. Era más el ruido que hacía que lo que refrescaba.

Uno de los mellizos empezó a llorar. Mi hermana lo tomó en sus brazos intentando tranquilizarlo.

No nos atendió una enfermera sino un señor de corbata con escarapela de la Compañía. De inmediato comprendimos que las noticias no eran buenas.

El señor, incómodo con el llanto, trataba de explicar:

—… esas cosas suceden, lamentablemente, aunque la Compañía toma todas las precauciones a su alcance para evitarlo. Por eso nunca se utiliza la concepción natural. Hay demasiadas variables fuera de control. En cambio, para cada óvulo se selecciona siempre la muestra de esperma más adecuada: aquélla que arroja la mayor cifra de probabilidad de éxito para el proceso.

Si el bebé donor hubiera nacido muerto, no habría sido tan mala noticia. Hay buena demanda para los órganos de recién nacidos. La Compañía puede aprovechar hasta el último hueso. Y si la familia está con suerte y los órganos están al alza en el mercado internacional, incluso hay bono adicional.

Bueno, hay luto por el bebé muerto y todo. Pero mala noticia no es.

—Por supuesto —continuó el señor—, las muestras de esperma son producidas exclusivamente a partir de células madres importadas. Sólo manteniendo los más altos estándares de calidad podemos garantizar que nuestro país siga siendo líder en Latinoamérica en este importante renglón de exportación. Ustedes me entienden.

No, la verdad nos perdimos en la parte del renglón. Pero ninguno de nosotros quiso interrumpirlo. Ninguno excepto el bebé, que seguía llorando a todo pulmón, y su hermano, que había decidido unirse a la protesta.

—Sin embargo, en algunos casos, suceden accidentes como éste. —Seguía hablando, evidentemente irritado por el ruido—. La condición de donante universal corresponde a una combinación muy precisa de varios cientos de genes, cuya patente pertenece, obviamente, a la Compañía. Basta con una sola desviación en toda la secuencia y tenemos, como acá, un individuo cuyos órganos serían rechazados en caso de un transplante. Es una situación inaceptable desde todo punto de vista. ¿Pueden callar a esos bebés?

Mis hermanas en verdad lo intentaron, pero los mellizos no querían parar de llorar.

Los niños rechazados son un problema para la familia. Una carga. Como no sirven para transplantes, no tienen una renta asignada. Todos tenemos que sacar una parte de lo que nos corresponde por derecho para poderlos sostener.

—Técnicamente, es un incumplimiento contractual —continuó el señor—, de manera que la parte afectada, para el caso, la Compañía, está en todo su derecho de cancelarlo de manera inmediata e invocar la cláusula de garantías.

Mis hermanas lo miraban con cara de perdidas, no entendían nada. Ni yo tampoco. Los gritos de mis hermanitos no me dejaban pensar.

—Así que vamos a hacer efectivas las pólizas. Eso cubrirá los gastos en que ha incurrido la Compañía hasta el momento —concluyó—. Un representante de la aseguradora los contactará para acordar la forma en la que ustedes pagarán la deuda resultante.

No sólo teníamos que mantener a ese niño sino que quedábamos debiendo quién sabe cuántos millones. Y encima los mellizos no paraban de llorar.

Entonces me sonó el celular.

Era Lucía.

 

 

Con Lucía no nos veíamos hacía un buen tiempo. Ahora que estaba ya grande, pasaba más tiempo con otra gente. Pero sí hablábamos de vez en cuando, por teléfono, al menos en los cumpleaños y para Año Nuevo.

De manera que era raro que Lucía me llamara. No insólito, pero raro sí.

No nos vimos en su casa. Me estaba esperando en el parque. Estaba sentada en uno de los columpios, sola. Había un grupo de niños jugando cerca, en un arenero. Todos con gafas protectoras y con guantes los que tenían manos.

Me senté en el otro columpio, ella me miró seria, con esos ojos azules con manchitas doradas.

—Estoy embarazada.

A todas las niñas en el valle entre los 11 y 12 años de edad, antes de su primera menstruación, les instalaban ese aparato electromecánico entre las piernas que sólo se podía abrir cuando firmaban un contrato de maternidad, para la inseminación artificial. Los muchachos teníamos que conformarnos con lo que había de la cintura para arriba. Por eso la mayoría terminaba frecuentando los barrios del norte del valle, donde estaban las casas de las mujeres de afuera, las que cobraban por lo que tenían de la cintura para abajo.

—No es de la Compañía —dijo ella, después de un rato.

Un frío intenso me recorrió la espalda, de arriba a abajo.

—Pero… ¿Cómo? —alcancé a decir finalmente. Esas cosas simplemente no podían pasar.

—El tipo trabajaba en los archivos de la Compañía. Tú no lo alcanzaste a conocer.

—¿Trabajaba? —pregunté.

—Él me prometió que me llevaría muy lejos. Y yo le creí. ¡Fui una tonta! Desde que se enteró no me responde al teléfono. Seguro se fue del valle.

Ella se levantó del columpio y dio un par de pasos hacia adelante. Siguió hablando, sin mirarme.

—Él fue el que consiguió las claves para abrir el cinturón. Me convenció de que no tendríamos ningún problema si usábamos preservativos. Los traen de contrabando desde China, escondidos dentro de muñecas de porcelana. ¡No puedo creer que haya sido tan imbécil! ¡Ahora sí que la cagué! Ya nunca… nunca… —Su voz se quebró. Metió la cara entre sus manos—. ¡Ya nunca voy a poder ser mamá! ¡Nunca!

Corrí hacia ella. Era más alta que yo pero en ese momento parecía tan pequeñita, tan frágil, temblaba como un animalito asustado. La abracé. Olía a lavanda y a sábanas limpias.

—Ya, ya —le dije—, vas a ver que todo va salir bien.

—¡No! —Me rechazó. Me apartó con fuerza—. ¡Nada va a salir bien! Estoy esperando un rechazado. La Compañía… ellos nunca me van a dar un Contrato. ¡Nunca!

—Pero… algo habrá que podamos hacer.

Me miró otra vez, sus ojos azules enrojecidos por el llanto.

—No puedo permitir que se enteren —dijo—. Si no puedo ocultarlo, me harán la vida imposible.

La única alternativa era un aborto. Pero ir al centro de salud o a una de las clínicas de la Compañía era imposible. Lucía quedaría fichada de inmediato. Eso sin contar con las multas para su familia. Tendría que hacerlo en un consultorio clandestino. Pero eso iba a costar, y mucho.

—Voy a ir a la catedral —dijo. Su voz era firme de nuevo—. Ya lo tengo decidido.

 

 

A la semana siguiente mi mamá quiso visitar a la abuela para que conociera al recién nacido y me pidió que la acompañara. La abuela vivía en una casa de retiro, en su propia habitación, ella era de las pocas personas de su edad que podían darse ese lujo. Tenían un jardín amplio, con flores de verdad, y la fachada estaba pintada toda de blanco, incluso las puertas y los marcos de las ventanas.

Cuando llegamos, la abuela estaba sentada con otras señoras en el porche. Al vernos se levantó e hizo su versión de una sonrisa.

—Dolita, hija. ¡Cuánto tiempo! —A veces no se le entendía. Se le hacía difícil pronunciar sobre todo las palabras con eme o con pe.

Nos hizo pasar a su cuarto. Tenía una lamparita en la mesa de noche cubierta con una tela, de manera que todo se veía en una penumbra roja. También tenía su altar de la Virgen de los Donores. Toda la pared detrás del altar estaba llena de fotografías, éramos todos sus hijos y sus nietos. Arriba iban los que ya estaban muertos, como mi hermano Braulio, abajo los que todavía eran niños, en la mitad estábamos el resto, organizados en alguna jerarquía que sólo ella entendía. No tenía veladoras sino una instalación eléctrica de lucecitas amarillas.

—Qué cosita más bonita —dijo la abuela, recibiendo al bebé—, se está tomando toda la lechita, ¿cierto? ¡Está gordito, gordito!

Yo nunca le conocí la cara a la abuela. Corrijo: Nunca vi a la abuela con su propia cara. La cirugía había sido mucho antes de que yo naciera y ella nunca se quitaba la máscara en presencia de otras personas, ni siquiera de los más allegados. Nunca.

En su juventud había sido una mujer muy hermosa. La más bonita de todo el valle. Eso decían los que la conocieron entonces. Tenía varios portarretratos encima de la cama, todos con fotos antiguas de ella, de cuando tenía cara. Uno de ellos tenía una pantalla que pasaba continuamente la película donde había salido la cara de la abuela. Era una película de Hollywood.

—¿Cómo pueden rechazar a un niñito tan hermoso como éste? —La abuela estaba mordisqueando uno por uno todos los deditos de Benjamín. Se veía extraño, pues la máscara de la abuela no tenía lo que se dice propiamente labios. Aún así, ella se los pintaba siempre con labial rojo; también se ponía rubor en las mejillas y sombra en los ojos—. ¡Tiene la nariz de la abuelita! Mira, Dolita, mira.

La productora pagó muy bien por la cara de la abuela y el contrato incluyó un porcentaje de la taquilla. Fue uno de los éxitos de la década y la actriz ganó muchos premios. Por eso la abuela tenía con qué pagar su habitación.

Pero ésa fue la única película que hizo aquella actriz con la cara de la abuela. Al año siguiente se volvió a operar. Así es el mundo del espectáculo.

—Dolita, yo sé que usted tiene miedo, hija —comenzó a decirle la abuela a mamá—. Yo no soy quién para decirle, pero he conocido a mucha gente. Ya va a ver que no es tan difícil cuando empiece a donar los órganos.

—¿Donar órganos? —pregunté espantado—. ¿Mi mamá? ¿Cómo así? ¡Pero si mis hermanos y yo siempre cumplimos juiciosos la cuota de cada año! No tienen por qué meterse con mamá.

—¿Al niño no le han contado? —preguntó la abuela.

—¿Que no me han contado qué? —volví a preguntar.

Mi mamá fue la que respondió.

—Hijo, no les habíamos contado para que no se preocuparan. —Me miró con la cara que ponía cuando rezaba el rosario—. Cuando las mamás tenemos un rechazado no podemos volver a tener hijos.

—Es cosa de la gente que maneja los números, allá en la Compañía. —agregó la abuela—. Dicen que, habiendo pasado la primera vez, la probabilidad es muy alta de que vuelva a pasar. Por eso no les dan más contratos.

—Yo sé eso, pero, ¿y lo de donar órganos? —Me desesperaba que me miraran así.

—Cuando las mamás ya no tenemos más hijos, a más tardar al año siguiente, tenemos que empezar a participar de la cuota, como todo el mundo.

Yo no podía creerlo.

—¡No! ¡Así no es! Los hijos somos los que donamos, no las mamás. ¡Para eso estamos los hijos!

—No se ponga así. Ése es el orden de las cosas. —Mamá me abrazó. La abuela todavía tenía cargado al niño.

—¿Y entonces la abuela qué? Ella nunca…

—El caso de la abuela es distinto. Con lo de la película ella pudo recomprar su contrato. Para eso hace falta mucha, pero mucha plata. Sólo alcanzaba para pagar el de ella.

Benjamín empezó a balbucear. Con gusto le habría dado un buen pellizco: mi mamá iba a tener que pasar por todo eso y era por su culpa.

—Venga, no se ponga así —intentó la abuela.

Yo no quería que me vieran la rabia en la cara, así que les di la espalda.

Quedé mirando al altar de Nuestra Señora.

A la virgen de la abuela le faltaba el rostro.

 

 

Noche tras noche tuviste el mismo sueño. Estabas solo en un pueblo desconocido y por algún motivo sabías que el lugar quedaba fuera del valle, más allá del muro y de las cercas de alambre de púas. Ellos te miraban con los ojos desorbitados e inyectados de sangre. Los ojos rojos eran lo único de color en una pesadilla en blanco y negro. Había amas de casa, policías, señores de corbata, monjas. Todos te perseguían, despacio pero sin pausa. Había incluso una profesora con varios niños pequeños. Todos eran zombies y te perseguían para despedazarte y repartirse tus órganos.

 

 

Cuando volví a ver a Lucía habían pasado varios meses. Yo estaba con una de mis hermanas y con Benjamín. Veníamos de que le pusieran unos puntos en la frente porque se había caído de la cama.

Lucía estaba sola.

Ya no era la Lucía que yo conocía. Estaba más callada, más distante, pero no sólo en eso había cambiado.

Me miró de frente. Al menos eso parecía. En el lugar donde debían estar sus ojos había un servomecanismo negro con lucecitas rojas intermitentes. Me saludó con una sonrisa vacía.

Yo intenté sonreír, pero creo que no me salió más que una mueca falsa.

Hablamos si mucho cuatro palabras, me comentó que podía ver relativamente bien, aunque en blanco y negro y muy pixelado, pero que ahora podía ver mejor de noche, cuando no había luz.

Al despedirse me dio un beso en la mejilla. Yo no pude disimular un estremecimiento.

Nunca más la volví a buscar.

 

 

Las langostas están vivas cuando las echan a hervir. Tú lo has visto en la televisión. Les ponen unas bandas de goma en las tenazas, para que no se despedacen mientras esperan para ser escaldadas. Recomiendan meterlas a la nevera un rato antes de cocinarlas, para que estén adormecidas y no pongan resistencia al echarlas a la olla. Da igual, el caso es que van para la olla. En las películas muestran restaurantes elegantes, en los que los meseros sólo hablan francés. Allí mantienen a las langostas en grandes peceras, a la vista de los clientes, de manera que ellos puedan elegir la que se van a comer. Tú no sabes si las langostas entienden lo que les va a pasar y por eso prefieren matarse entre ellas.

 

 

Mamá ya no pudo tener más hijos. Así que pasó de ser mamá a ser un donor común y corriente, como cualquiera de nosotros.

Al principio no resultó tan grave. Iba con nosotros cada tres meses a las instalaciones de la Cruz Roja, una filial de la Compañía, a que le sacaran sangre, medio litro cada vez. También cada año a la extracción de médula. A eso le tenía pereza. Duele muchísimo hasta una o dos semanas después de la intervención, pero ella nunca se quejaba.

Tocó un riñón y al año siguiente el bazo y unas venas de la pierna. Después fue el sistema reproductivo. El útero obviamente no servía, estaba muy desgastado, lo mismo que los ovarios, pero las trompas de Falopio sí, y también los órganos externos. Se venden muy bien cuando el donor ha sido mamá. Dicen que son de buena suerte. Los primeros tres años no le tocó ningún órgano. No salió en la lotería. Después le

Entonces llegó la solicitud por corazón y pulmones.

Esta solicitud no entraba en el sorteo, ésta venía con nombre propio. Todos sabíamos lo que eso significaba. Así era cómo la Compañía nos informaba que se había cumplido la vida útil de uno de sus donores.

Todos la acompañamos a la clínica ese día. Incluso estaba Benjamín, que ya tenía seis años. Benjamín tenía el brazo derecho enyesado. Ya era la tercera fractura. Los mellizos jugaban muy brusco con él y ninguno de nosotros se molestaba en ponerles un límite.

—Hijo, yo me voy tranquila —me dijo cuando me tocó el turno de despedirla—. Ya viví todo lo que tenía que vivir.

—Mamá, usted nos va a hacer mucha falta —le dije.

—No hablemos de eso —me dijo—. Ahora tengo que decirle otra cosa.

—¿Qué cosa, mamá?

—Vea, yo sé que ustedes no quieren a Benjamín…

—No, mamá, ¿cómo se le ocurre? —la interrumpí.

—¡Shh! —Me tapó la boca con el dedo índice—. Una mamá sabe esas cosas. Yo en cierta forma los entiendo… pero comprenda que Benjamín no tiene la culpa de nada. Se lo he dicho a todos y se lo voy a decir a usted también. A alguno le tenía que tocar, yo ya estaba muy mayor. —Se quedó callada un momento, mirando para el techo, como acordándose de algo—. La verdad es que yo le estoy muy agradecida al niño. Entiéndame, hijo. Ustedes no saben lo que es estar embarazada treinta años seguidos… Yo ya estaba cansada. —Me apretó la mano con fuerza—. Pero lo peor de todo no era eso… Lo peor era verlos a cada uno de ustedes pasar a manos de esos carniceros, ver que se me los estaban llevando, de a poquito. Y una sin poder hacer nada… ¡Eso no es vida!

 

 

Un tiempo después me enteré a dónde habían ido a parar los ojos de Lucía. Los descubrí un día en las páginas de sociedad de una revista: el mismo color azul profundo, las mismas manchas doradas.

Una joven y exitosa ejecutiva que vivía en Sydney, Australia, hizo una fortuna negociando con futuros y opciones sobre hematocritos y tejido linfático. Gerenciaba su propia empresa comisionista de bolsa con oficinas en New York, Tokyo, Frankfurt y Sao Paulo.

Ella tenía una reunión importante con su junta de inversionistas para presentar su plan estratégico a cinco años. Todo tenía que salir perfecto. Para la ocasión había encargado un diseño exclusivo a la casa de alta costura de Balenciaga.

El color de los ojos de Lucía era el complemento perfecto para ese vestido.

 

 

Encontré la revista en la sala de espera de una de las casas de mujeres de los barrios del norte. Me había vuelto un cliente habitual, pero yo no visitaba a las más costosas, claro que no: ésas eran exclusivamente para los turistas. Allí trabajaban sólo mujeres que ya habían hecho muchas donaciones, quizás demasiadas. Sobradas de transplantes sin piernas o sin brazos, o sin piernas ni brazos: aquello era muy apetecido por cierto tipo de turistas. Obviamente, tampoco tenían ya sus cinturones.

En la casa a la que yo iba sólo trabajaban mujeres de afuera del valle. Ninguna tenía sangre de donor en sus venas, excepto por alguna posible transfusión. Con el asunto de los cinturones de castidad a esas mujeres les iba muy bien. Tenían la clientela asegurada entre los donores adolescentes.

En la casa trabajaba una chica, nunca supe cómo se llamaba. Yo le decía Lu. Ella prefería Lulú.

Creo que era más o menos de mi edad, pero parecía mucho mayor. Se mantenía tomando vodka de contrabando y prácticamente no dormía. Por eso las ojeras. Tenía un aliento dulzón, como de jugo de naranja fermentado y si no fumaba era porque en el valle era imposible conseguir cigarrillos, ni siquiera camuflados dentro de muñecas de porcelana.

Ella se ponía lentes de contacto azules para mí. Incluso les hizo puntitos dorados con un marcador.

 

 

Lu fue la que me propuso salir del valle. Era una locura, pero no lo dudé ni un segundo. Yo ya no tenía nada que perder. Nos fuimos de viaje, lejos de la ciudad, lejos de las montañas que la aprisionaban.

La verdad, no me arrepiento de nada. Pude hacer las dos cosas que siempre había querido.

Pisé la arena de la playa y me mojé los pies con agua salada.

Fui a un partido de fútbol, en un estadio a reventar.

Eso fue antes de que Lu me vendiera a una banda de traficantes de órganos.

 

 

Peor que las langostas lo pasan esos pescados que comen los japoneses. A ésos se los comen vivos. Lo viste en un noticiero: Es un plato grande de sushi en medio de la mesa y el pescado está decorado con ensalada y puesto de manera que parece posando para una fotografía. Tiene varios cortes, de modo que les queda fácil a los japoneses agarrar bocados con sus palitos. Tiene salsa también, salsa de soya salada en todas esas cortadas. El pescado está vivo y sigue intentando respirar. Mueve la boca y las agallas. Se está asfixiando, sin duda, y mientras tanto una familia de japoneses lo devora.

 

 

Acá estoy, tendido en el mostrador de una tienda de órganos perdida en el barrio chino de quién sabe qué ciudad, bajo la luz intermitente de un anuncio de neón. Ya se llevaron mi otro riñón y mi pierna derecha. Tengo una placa de plástico transparente en el lugar donde debía estar mi abdomen, así que los órganos que me quedan están expuestos. No siento dolor, debo tener la médula espinal seccionada en el punto preciso, o tal vez más adentro, en el cerebro, pues lo único que puedo mover son los ojos.

—Mamá, mamá, mira esto. —Un niño tiene la cara pegada a la vitrina y me observa con curiosidad—. ¿Qué hacen esas personas ahí acostadas?

—No son personas, cariño —lo corrige su mamá—. Son donores. Mira el letrero rojo que tienen en el cuello, ésa es la marca de fábrica.

—¡Wow!¡Nunca los había visto! Parecen gente de verdad.

—Son muy parecidos a nosotros, así podemos usar sus órganos. —Ella también me mira a los ojos.

—¡Hasta tienen la sangre roja! Igual que nosotros. —El niño señala los tubos de mi diálisis.

En efecto, mi sangre es de un rojo intenso bajo la luz fluorescente.

—Vámonos ya, que papá nos está esperando —dice ella.

La madre y el niño se alejan tomados de la mano.

Yo cierro los ojos.

Quisiera poder dormir un poco.

 

 

Contrariando los planes de sus padres, Juan Diego Gómez Vélez (1965) nació en Bogotá un mes antes de lo previsto. Casi toda su vida la ha pasado en Medellín, donde se suponía nacería. Además tiene genes paisas y cartageneros, por lo que se define simplemente como colombiano. Asiduo lector de ciencia ficción desde que tuvo uso de razón, apenas a principios de 2009 decidió compartir por escrito su pasión a través de su blog www.cienciaficcion-sciencefiction.blogspot.com . También ha sido dibujante y animador y en un futuro, a lo mejor, escritor. Su alter ego es ingeniero electricista con especialización en organización industrial y regulación económica y, de momento, se gana la vida como director de proyectos.

“Nuestra Señora de los Donores” fue su primer cuento publicado. Fue incluido en la antología “Sin Censura” editada por el maestro Jaime Jaramillo para la Biblioteca Pública Piloto de Medellín en septiembre de 2010. Esta es su primera participación en la revista.


Este cuento se vincula temáticamente con PAREJA PERFECTA, de Steve Stanton; NO ME MIREN, de Gabriel Mérida, LA PICAZÓN, de Carlos Daniel J. Vázquez y SIN NOMBRE, de Eduardo J. Carletti.


Axxón 223 – octubre de 2011

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia ficción : Distopía : Transplantes : Colombia : Colombiano).


7 Respuestas a ““Nuestra Señora de los Donores”, Juan Diego Gómez Vélez”
  1. maxi dice:

    Largo y aburrido :-(

  2. Nedda dice:

    Muy impresionante. Tal vez porque se lee como una realidad posible.

  3. Dany dice:

    Es un cuento largo, sí. Pero tiene un tono que a mí me hubiese gustado conseguir. Para mí está muy bien logrado y, lo que es peor, lo creo posible. Yo quiero leer más cosas de Juan Diego.

    Juan Diego, ¡yo te felicito!

  4. El Mostro dice:

    Excelente. Escalofriante por lo posible.
    Gracias.

  5. Guillermo R. dice:

    ¡Brrrr! Si, un poco largo. Más que escalofriante, opresivo. No me quedó claro qué tiene que ver la Iglesia Católica ni la Virgen, ni si los Donores son humanos o clones. Pero está muy bueno, bien descrito (el clima) y bien escrito.

    Guillermo.

  6. Juan Pablo dice:

    No está nada mal. ¿Largo? bueno, un poco, pero yo no tiraré piedra alguna. Quizás si le hubiera dado más momentos de clímax, alguna alternancia de tono o ritmo.

  7. menelik dice:

    Puede que sea largo, pero yo lo he leido de tirón.

  8.  
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