¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

 

1

 


Ilustración: Pedro Belushi

La emoción se había apoderado de Paula en ese cruce mágico hasta las islas, en embarcaciones típicas con flotadores laterales y antorchas en la proa que permitían vislumbrar el mar transparente. La paz del lugar la tranquilizaba, y había logrado olvidar las oscuras pesadillas que durante tanto tiempo la persiguieron: el cadáver en llamas de su padre la acosaba, ella quería correr pero no disponía de fuerzas, y al caer, su padre la encerraba viva en un oscuro cajón… hasta que despertaba empapada en sudor y temblando.

Con los brazos colgando a ambos lados de la barca, disfrutaba del sonido de los remos en el agua fresca que rozaba sus manos. Todo ha quedado atrás gracias a Andrés, pensaba. Él me ha cambiado la vida.

Después de atracar, guiada a través de la noche que estrechaba el sendero abierto en la fronda, una sinfonía de cantos extraños, los sonidos de la selva, tensionaba la caminata.

Supuso que habían llegado al lugar del encuentro: un claro en medio de los árboles. Sola y entre nativos, hombres y mujeres reunidos en grupos. Había algo en sus miradas, parecían ausentes.

La narcosis, pensó Paula, provocada por algún brebaje.

La salida de la luna y el comienzo de la danza coincidieron. Un súbito ventarrón movió el follaje, y la maraña de árboles que rodeaba el claro cargó de presencias fantasmales la ceremonia.

Un incesante y monótono golpeteo de cañas contra troncos huecos acompañaba a los danzarines. Impresionaban a Paula la colosal estatura, los ojos saltones, la agresividad en los gestos de lucha ante un imaginario enemigo. Los tatuajes y pinturas y hachas, lanzas, mazas y otros instrumentos de muerte, les daban aspectos aún más feroces. Las antorchas en círculo echaban reflejos siniestros en esos cuerpos sudorosos.

Poco a poco, la tensión empezó a aflojarle los recuerdos que la habían llevado hasta allí.

 

 

2

 

La noche anterior, al entrar en la palapa, había creído adivinar los pensamientos de Andrés. Y le dijo:

—¿No querés ir, no?

—No, Paula, no quiero —le contestó con el ceño fruncido, la voz dura—. Y quisiera que vos tampoco fueras. Y menos, al pensar en esas cosas que te ocurrieron después de la muerte de tu padre.

Pasaban la luna de miel en una de las islas de la Polinesia, Tahití. Habían leído en Internet que el espíritu de aventura caracterizaba a aquellos que se decidían por ese itinerario, y ahora él se negaba a disfrutarlo.

—Crucemos a la isla, Andrés —ella lo abrazó—. Lo que veremos en el bosque será divertido, nunca olvidaremos la experiencia.

Le recordó que el sitio web recomendaba: “Una cultura exótica de costumbres tribales, en un paraíso terrenal donde los hombres y las mujeres viven en inocencia y alejados de la civilización”. Esas razones los habían alentado a concretar el viaje… ¿y ahora él daba marcha atrás?

—¿No es cierto que iremos, Andrés? —siguió diciendo, y lo besó.

—¿No te acordás, Paula, lo que nos dijo Louis?

Louis Marat, hijo de franceses radicado en las islas diecinueve años atrás, amigo de la pareja, los había visitado tres días después del arribo: “¿Ven esa isla?” —Louis había estirado el brazo para señalar la isla que se veía frente a la cabaña reservada por la agencia—. “Bueno, las creencias populares hablan de dos islas solitarias que, ante la desaparición de una, la otra se dejó morir hundiéndose junto a su hermana. La muerte las ligó bajo las aguas: brotaron del mar fundidas por una cadena de coral. Pero no hay riesgos, crucen a la isla y asistan a una típica fiesta nativa. Todo es muy natural. Les gustará”.

—Te encaprichaste, Andrés. Todas las ilusiones depositadas en este viaje derribadas por tu estúpido capricho.

—¿Estúpido? ¿Tenés idea del peligro? ¿Si la isla está deshabitada? ¿O si está habitada por caníbales? Recordá lo que Louis nos dijo, yo no lo olvido: “Esos instintos todavía duermen en la sangre de los nativos”.

—¡Estás sacando de contexto las palabras de Louis! —Paula se apartó de él, cruzó los brazos. La expresión de su cara cambió—. Louis nos dijo que acá los hechos se imponían sobre la razón, acá la vida se movía en una maraña de tabúes, en una red de conjuros: la práctica de la hechicería, la vida dedicada al culto de los antepasados…

—¿Y acaso no es lo que estoy diciendo?

—¡No me interrumpas! —el fastidio la vencía—. Te olvidás de su consejo. Pues bien, yo no: “Deben respetarles sus creencias sin afectarse, no hay riesgos”. Entendelo, Andrés: no-hay-riesgos.

Pero fue imposible convencerlo.

Él se quedaría. Ella iría esa misma noche.

 

 

3

 

Un gong, címbalos y redobles despejaron el centro de la pista para permitir la entrada de una figura espectral cubierta con crines, espejos, plumas. El ser se encorvaba, se extendía con gestos grotescos. Cerró furioso las mandíbulas al ver a otro brujo de garras largas.

El bien y el mal enfrentados, pensó Paula. Y desvió sus ojos de uno a otro hechicero.

Sentados en la penumbra, unos nativos de ojos saltones cayeron de golpe en trance: empuñando largos y afilados kris, sacudieron los brazos y se lanzaron feroces al ataque sobre un enemigo invisible. La música incitaba aún más a los bailarines desnudos: gemían agitando las flamígeras dagas, clavándoselas en los muslos, con la boca desbordante de espuma y los cuerpos estremecidos en convulsiones. Aunque empleaban toda su fuerza, muy pocos salían heridos: las puntas de los kris no lograban penetrar del todo la carne, invulnerable por la rigidez de los músculos. Y Paula supuso que las heridas graves debían suceder al relajarse las fibras de la carne.

Los posesos despertaron de su trance y fueron desarmados.

El éxtasis de esas escenas aún perduraba en Paula, cuando las mujeres comenzaron su rito: gritaban, blandían las armas en forma más feroz y violenta.

Las mujeres corrían entre algunos nativos desplomados sobre sus propios vómitos, y otros paralizados de pie. Se acercaron a Paula y la obligaron a unirse a la locura. Superada por el caos, no tuvo otra opción más que aceptar, y varias de entre aquellas brujas disputaron su posesión.

Los hombres que, según Paula, representaban el bien y el mal, descubrieron el motivo del forcejeo, y la curiosidad se les transformó en ira. Ahora ellos pretendían poseer a Paula: la manosearon, le mostraron sus dentaduras amenazantes, apretaron sus cuerpos contra ella. Se sintió vejada. Afloraron a su mente las viejas costumbres caníbales que Louis les había relatado, y pensó que podían intentarlo en cualquier momento de ese descontrol.

Fue alejándose, huyendo hacia un costado, simulando bailar. Quiso encontrar a sus guías. Imposible. Las mujeres atacaron con furia a los hombres y volvieron a poseerla. La rodearon, comenzaron a tirarle del pelo, a agarrarle la camisa, una mano se metió por su escote y tiró y rompió varios botones, y vio que una de las mujeres desnudas con una enorme boca se le acercaba con algo en las manos y unos brazos la agarraron por la espalda y la inmovilizaron y la obligaron a enfrentar a la mujer y ella pudo ver que lo que traía entre las manos era una urna y la obligaron a tragar una poción densa y amarga de esa urna podrida con un brebaje que creyó compuesto de mezclas líquidas y cenizas. Paula cayó en un trance de vértigo.

De la enorme boca de la mujer manaba un humo, una neblina que flotando subía y se ensanchaba poco a poco, y cuando adquiría cierto volumen, se desvanecía. Eso pasó un número de veces que Paula no podía precisar. Pero se daba cuenta que, aunque borroso, el volumen iba tomando forma humana y reventaba como un cadáver putrefacto. Hasta que ese volumen transformado en un cuerpo, de pronto explotó en llamas y creyó reconocer el cuerpo candente de su padre. Quedaron dos figuras frente a Paula: contra un fondo de figuras moviéndose alocadamente, su padre en llamas y la mujer.

Esa imagen del padre se le acercaba con el brazo extendido y el puño amenazante. Cantaba gutural, rítmico: tu papá, tu papá, tu papá. ¿Qué decía? ¿Qué le quería decir sobre su papá? Entonces, ese cuerpo calcinado abrió el puño, arrimó la boca y sopló la palma de la mano. Una nube blanca rodeó la cabeza de Paula, y al respirar sintió un ardor en las fosas nasales, en la garganta, y un calor recorrió su piel. La imagen volátil del padre desaparecía absorbida, esfumada entre el polvo que le habían soplado. Ondulante, la nube se transformaba en una grotesca boca de muerto con las cuencas vacías y una dentadura de colmillos enmohecidos.

Esa boca flotó hasta la bruja desnuda, y de una dentellada le arrancó la lengua. Los dientes jugaban con los restos de la lengua desgarrada.

La mujer, que se retorcía de dolor, empezó a reírse a carcajadas mientras sacudía la mano con la urna de la que Paula había tomado el brebaje.

¿Habría sido todo una alucinación?

Ella no aguantó más. Maldijo a Louis por haberle recomendado ese espantoso espectáculo. Y huyó sola, sin esperar a los guías, sin sentirse todavía recuperada del todo.

La espesura se cerraba sobre ella mucho más que al llegar: un túnel de donde sentía que en cualquier momento aparecería un monstruo. O peor, un caníbal para devorarla. O mucho peor, algo desconocido para cubrirla bajo una oscuridad sofocante. ¡Cuánta razón había tenido Andrés al prevenirla sobre esas pesadillas que le habían ocurrido después de la muerte de su padre!

Se sobresaltaba con cada ruido. Ruidos perversos: los muertos vivos, las carcajadas, el cuerpo incandescente de su padre. Avanzaba en esa oscuridad sin detenerse, chocaba con los árboles que bordeaban el sendero, le dolía un raspón en el brazo: el chicotazo de una rama. Tras cada sombra veía a un nativo acechándola, a su padre señalándola. Marcándola con desprecio.

La muerte misma la señalaba.

Repasó los hechos. La sinfonía de la llegada se le fue convirtiendo en un coro de gemidos y estertores. Fuerzas ancestrales, que Paula creía inexistentes y lejanas, querían apoderarse de ella. Un ritual, hasta ahora desconocido, adquirió un significado imposible de ignorar: tenía el presentimiento de ser parte de una cultura con la que nunca había soñado. Se sintió envuelta por los fantasmas, por un alma en pena asediándola.

Distinguió destellos borrosos más allá de los árboles y oyó el romper de las olas. Apuró el paso, y al pisar la arena se dio cuenta de que había equivocado el camino: ¡las luces de las embarcaciones brillaban como pústulas en el otro extremo de la pequeña bahía! Cuando vio las antorchas de proa reflejadas en el agua, corrió para llegar a la barca más cercana. Pero tropezó y cayó.

 

 

4

 

Paula despertó llorosa. Casi desnuda y con los vestidos revueltos, rápidamente sacudió las hojas de su pelo, quiso abrocharse la camisa y notó que le faltaban botones. Aún aturdida, miró a su alrededor.

¡Se encontraba en la puerta de la cabaña! ¿Se había desmayado? ¿Quién la habría cargado hasta ahí?

Confundida, se levantó y entró en la palapa. Cruzó el ambiente que precedía al dormitorio, en busca de Andrés.

Al entrar, lo vio tirado en la esterilla como un muerto.

¿Muerto?

No lo pensó más: encendió un fósforo, se le acercó, y súbitamente Andrés abrió los ojos. ¡Ojos de zombi! Como los de su padre: la carcomían con la mirada. Fantaseó con la imagen del viejo comiéndose los colgajos putrefactos de su mamá. ¡Y aquella maloliente y corroída dentadura otra vez! No pudo evitar un grito. Sintió un agudo dolor en la garganta y un mareo.

 

—¿Qué pasó?

Aún tirada en el piso, Paula sentía un dolor punzante en cada hueso. Había vuelto a desmayarse.

—¿Qué pasó? —repitió un hombre, un desconocido con bermudas, joven, de tez oscura y camisa negra. La miraba muy serio.

Paula trató de levantarse. Pero el muchacho la contuvo poniéndole una mano en el hombro.

—¡Andrés! ¿Dónde estás, Andrés?

—Usted está bien, señora —le dijo el joven, sin quitarle la mano—. Pero es mejor que espere un poco para recuperarse.

Paula sintió resecos sus labios. Los humedeció con la punta de la lengua.

—¿Quién es usted? —dijo, y clavó su mirada en el extraño—. ¿Y mi esposo?

—Soy médico, señora. Aubert Guizot para servirla. Y él —señaló a otro hombre que parecía examinar el piso caminando alrededor de la estera vacía—: él es Jaques Pomare, jefe de policía.

—¿Y mi esposo? —preguntó Paula otra vez. Quiso sentarse, pero se dio cuenta de que el médico insistía en impedírselo—. Mi esposo…

—…su esposo está bien. En el baño.

—Es que… lo vi… —Paula se agarró la cabeza.

—Nos avisaron —dijo el médico—. Oyeron un grito. Usted, desmayada al lado de él. Y su esposo con un susto horrible cuando la vio desplomarse en sus brazos. Ahora, al ver que se recuperaba, fue a lavarse la cara, a tomar un respiro.

—Qué error —susurró Paula, suspirando—. ¡Qué error!

El policía escuchó y se acercó a ella.

—¿Qué pasó, señora? —él también tenía una camisa, pero con dibujos raros. La tez más oscura, lentes ahumados, brazos con cicatrices. Las venas azules palpitando, los dedos largos y nudosos y las arrugas, daban testimonio del paso del tiempo y la índole de su trabajo—. ¿Cuál es el error?

—La macumba —dijo Paula—, la macumba me obnubiló. Abrí la puerta, la oscuridad me obligó a encender un fósforo, y entré temblando a la habitación. Andrés ahí, con la misma mirada fija de papá… —Paula tapó su cara con las manos—. Me miraba raro, pensé que había muerto. Un resplandor fosforescente le brotaba de las pupilas. Supongo que por la luz del fósforo. Yo venía de la isla, de un rito vudú o algo así. Me asusté, y cuando corrí para subir al bote, tropecé en la playa.

—¿Y cómo llegó hasta acá? —preguntó el policía.

—No sé. Yo me desmayé en la playa de la isla —ella señaló hacia la oscuridad del mar, suponiendo que señalaba la dirección correcta.

—¡Ah, los turistas! —dijo el médico—. Nada que ver ni con el vudú ni con macumbas. Son fiestas, ritos, bailes extravagantes de los nativos de esa isla. Se supone que algo llevan en la sangre, y el resto lo arman para ustedes. Si nos basáramos en esas leyendas, nuestro trabajo no tendría sentido. ¿No le parece?

Paula se sentía exhausta.

—Pero… me soplaron un polvo blanco en la cara —insistió, segura de lo que había vivido.

—Arena molida, señora —dijo el policía.

—Pero… me ardió la garganta, me sofocó.

—Un poco de pimienta en la arena —le dio la mano a Paula para ayudarla a levantarse—. Actúan bien y hacen buen dinero.

—Me dieron algo de beber, y decían algo así como tu papá —ella cabeceó convencida—. Sí, sí, eso decían: tu papá, tu papá. ¿Cómo conocen a mi papá?

—¿Quién se lo dijo?

—No sé, alguien.

Mejor me callo, pensó. Si les cuento, me creerán loca.

—Cosas de gente sugestionable —dijo el policía sacando una libreta del bolsillo de su bermuda. Y anotó algo que Paula no pudo ver—. Gente inculta. Le deben haber dicho tupapáu.

—¿Tupapáu? ¿Y qué es eso?

—Dicen que el tupapáu es el alma entrando en la eternidad —explicó el médico—. El alma que, bajo ciertas circunstancias, queda flotando en el lugar de su muerte.

—Bueno —el policía se rascó la cabeza—, eso creían los nativos antes de que la civilización llegara. Dígame —volvió a rascarse y frunció el ceño—: ¿usted fue sola a esa fiesta?

—Me guiaron dos personas recomendadas por Louis.

—¿Quién? —el policía levantó las cejas y la cabeza al mismo tiempo.

—Louis —aclaró Paula—. Louis Marat.

—Ah, Louis —el médico lo miró al policía—. Este Louis siempre recomienda lo mismo. Seguro que alguno de los guías, al verla tirada en la arena, se asustó más que usted y la cruzó.

—¿Ustedes conocen a Louis?

—Sí, claro —el policía mojó la punta del lápiz y siguió anotando en la libreta—. Por la índole de su negocio, nos vemos bastante seguido. Y usted —miró a Paula—, ¿desde cuándo tiene tratos con él?

—Somos amigos. Nuestras familias se criaron juntas en la campiña francesa. De eso, hace ya más de veinte años. Antes de venirse a Tahití.

—Es una excelente persona —dijo Aubert—. De actitudes insólitas, pero buena persona.

—Pero… —Paula insistió—. Los muertos transformados en tupapáu: ¿Cómo es eso?

—Ya le dije: creencias populares —el policía volvió a rascarse la cabeza—. Creían en los espíritus por temor al castigo. Practicaban la antropofagia. No para alimentarse, como comúnmente se piensa, sino para apoderase de las cualidades de la víctima. Terror a las tinieblas, al silencio, a lo desconocido. Contra todo eso, ellos usaban la más inofensiva de las armas: la luz —el policía calló.

—Me sorprendí al ver casas abandonadas y con luz —dijo Paula.

—Así es —Pomare asintió con la cabeza—. En las noches, aun en los tiempos que corren, en pleno siglo XXI, siempre hay una luz en cada choza.

Paula vio que Andrés salía del baño, y corrió a abrazarlo.

—Paula… —él abrió sus brazos—. ¡Qué susto me diste! Te dije que no fueras, amor.

Ella no encontró palabras. Se cobijó en los brazos de Andrés y apoyó la cabeza en su pecho.

Después, los saludos, las sugerencias del médico y el policía para evitar situaciones extrañas, la partida de esos dos amables hombres casi al mismo tiempo.

Y Paula se abrazó más fuerte a Andrés.

 

 

5

 

Esa noche, tendida en la esterilla junto a su hombre, Paula no podía dormir. ¿Por qué razón Louis los habría entusiasmado tanto para que cruzaran a la isla? “En este rincón olvidado, la muerte ejerce una seducción misteriosa”, recordó que les había dicho.

Oyó un inesperado viento soplando del océano, un relampagueo sobre su cabeza seguido por un ligero crepitar. Titilaron las lámparas de aceite hasta casi apagarse.

Un temblor la recorrió, se le erizó la piel. Un gusto ácido en la boca, un olor acre. Y sorpresivamente las llamas de las lámparas volvieron a parpadear, a recuperar su energía.

Afuera, el viento se calmó.

—Andrés —lo llamó zamarreándolo—. ¡Andrés!

Ella dudaba. Lo miraba dormir. ¿Por qué esa extraña sensación al mirarlo dormir? Lo miraba como todas las noches. Pero… ¿dormía? ¿Fingía dormir o, en su sueño, latía una vida diferente? Esas venas masculinas palpitaban en sus sienes. La respiración entrecortada, su corazón latiendo, el pecho dilatándose. De pronto se aceleró la respiración hasta llegar a un jadeo, y sus ojos, moviéndose detrás de los párpados, vivían como apartados del cuerpo, como si tuvieran vida propia. Como si la acecharan, a punto de echársele encima.

Pero Andrés sonrió. Sonrió dormido.

Aunque… nunca le había visto una sonrisa así. ¡Una sonrisa… maliciosa! Una grotesca boca, un óvalo en el centro de dos ojos negros estampados en una cara de cebo derretido.

Muerte. Muerte. Muerte por donde ella mirase.

—¡Andrés! —esta vez le cacheteó la mejilla.

Él entreabrió su boca seca y volvió a sonreírle. Ella miraba las sombras de la habitación, cambiantes por el flamear de las lámparas.

—Qué… ¿qué pasa?

—Shh… Tenías razón cuando me dijiste que no fuera. Escuchá, Andy, escuchá.

Paula oía ruidos. Ruidos raros. Ruidos que le evocaban almas en pena entre las chozas de paja abandonadas por temor al espíritu de los muertos. Muertos vivos vagando por los pantanos. Muertos. Todos iguales a su padre, todos convertidos en el espectro de su padre.

—No escucho nada. ¿Qué te pasa, Paula?

—Oí… shh… shh. Papá rondando la choza. ¿Escuchás?

—¡De nuevo con esas cosas, Paula!

No eran solo esas cosas: la tumba vacía que Paula había encontrado jugando en el jardín de su casa de Giverny, en la campiña cercana a París, las voces y pasos que siempre oía detrás de las puertas o en otras habitaciones —a veces cuando trataba de dormirse, debajo de la cama, adentro de un armario, o detrás suyo al caminar, o reflejados en los vidrios de las puertas, caminando detrás de ella—. Una silla que se acercaba, gente con un gesto macabro marchando por el aire, sombras arrastrándose, cruzándose en su camino, rodeándola y aullando lúgubres quejidos. Y ella aprendiendo esoterismo, y sin saber si precisamente por eso ocurrían esas cosas, o realmente esas cosas ocurrían.

—No solo con esas cosas, Andrés —Paula bajó la cabeza—. Nunca pude contártelo.

Él le puso la mano en el mentón, le besó el cuello y le levantó la cabeza.

Por fin, ella podría contarlo todo.

 

 

6

 

—Antes de su muerte —dijo Paula—, papá me obligó a prometerle que, al morir, yo debía incinerar su cadáver y arrojar las cenizas al mar.

—¡Vaya la novedad, Paula! Si vos misma, cuando nos conocimos, me pediste que te acompañara a retirar las cenizas del nicho para arrojarlas porque esas cosas te asustaban.

—No le cumplí la promesa a papá, Andrés. ¿Entendés? No cumplí.

—Cumpliste, Paula, cumpliste. Que haya sido yo quien esparció las cenizas, no significa que fallaras —Paula creyó verle una expresión de asco—. Fue horrible que el viento me las devolviese contra mi cara. Sentí que me ahogaba al verme obligado a tragar parte de ellas. Pero la promesa está cumplida.

—Así que fue eso…

—Así es, eso me pasó —él se arrodilló en la estera—. Y, aunque vomité, te puedo asegurar que esa sensación de llevar las cenizas de tu viejo muerto dentro de mí no fue agradable —una arcada lo obligó a sacar un pañuelo para secarse una baba que le pendía de los labios—. Todavía me dura esa repugnancia.

Paula se sentó en la esterilla y se recostó contra el tabique que separaba el dormitorio del baño. Él hizo lo mismo.

—Papá me persigue desde hace mucho. Desde que… —ella se abrazó las piernas, bajó la cabeza y apoyó su mentón entre las rodillas.

—Tu papá murió, Paula —él le puso su mano en el hombro—. No puede perseguirte. Es imposible. Está muerto.

—Estoy segura, Andrés: papá me persigue, quiere vengarse.

—¿Vengarse? ¿De qué?

—De la cremación —ella dudó. Un suspiro le dio fuerzas para seguir—. Durante la cremación, el cadáver de papá se arqueó, quedó sentado, con un brazo extendido, señalándome. Los ojos de papá se abrieron, me miraron fijamente, y en su expresión creí entender que me decía: “No te atrevas a desobedecerme. No te atrevas a incumplir la promesa”.

—Pero, mi amor —Andrés la abrazó con ternura—. ¿No me digas que presenciaste la cremación?

—Sí, nunca te lo conté —Paula sintió que los brazos de Andrés la apretaban—. Me asusté mucho, me dieron la urna con las cenizas de papá, no supe cómo actuar, pasé semanas o tal vez meses durmiendo con la urna a mi lado. Y me sentí muy mal por no cumplirle la promesa.

—Pero… —él parecía no saber cómo actuar ante una actitud tan loca y culposa—. Pero si fuimos juntos a retirar la urna al cementerio.

—Claro, después de que yo lo encerrara.

—¿A quién encerraste?

—A papá. Lo encerré a papá en ese nicho al que fuimos juntos a retirar las cenizas: el nicho de mamá. Lo encerré al lado del cajón de mamá, Andrés. ¿Te das cuenta? Al lado del cajón de mamá. No me atreví a tirar sus cenizas al mar ni a ningún otro lado. Por eso papá quiere vengarse.

—¡Mi amor! —él la consolaba, le acarició la mejilla—. Ya todo pasó. Ya le cumplimos.

—Lo tuve encerrado años y años, hasta que por suerte te conocí —Paula negaba con la cabeza, convencida del horror que le había infringido a su padre—. Pobre papá. Lo que debe haber sufrido ahí adentro, solo, y al lado del cajón con la ruina de mamá. ¿Te imaginás, Andrés? Pobre. ¡Qué sufrimiento!

—¡Pero mi vida, qué decís! La culpa de todo lo que has vivido es de Louis. ¡Así es! —sacudía su mano, el dedo índice extendido, reforzando sus palabras—. Si aquí hay un culpable, ese culpable es Louis.

¿Louis? ¡Qué tenía que ver Louis en todo eso!

Paula sintió ahogarse en los brazos de Andrés. Los brazos la sofocaban. La misma sofocación que su padre debió sentir encerrado durante tanto tiempo en esa tumba, junto al cadáver podrido de su madre.

De un empujón se separó de Andrés.

Paula presintió algo: ¿esa mirada otra vez? Algo había detrás de esa mirada. Sacudió la cabeza, como queriendo liberarse de los fantasmas que la seguían desde hacía ya tanto tiempo.

Notó que Andrés cambiaba el rictus. Su expresión la calmó.

—Algo me envolvió, Andrés. Cuando abrimos el nicho, algo me envolvió. Una ráfaga, algo salió del nicho y nos cubrió el cuerpo. ¿No lo notaste?

Él no respondió. Le acariciaba el pelo, le besaba las lágrimas, el cuello. Volvía a acariciarle el pelo, lo acomodaba detrás de sus orejas.

Se quedaron así hasta que Paula comenzó a abandonarse a sus caricias.

Poco a poco el entresueño fue actuando. Creyó ver que una sombra se separaba de Andrés, la contemplaba como con deseos de poseerla, y volvía a introducirse en el cuerpo de Andrés que la cubrió con sus brazos.

 

 

7

 

Al despertar, Paula se apartó de él. ¿Por qué la asfixiaba?

Otra vez lo miraba dormir. Y otra vez los ojos moviéndose detrás de los párpados, viviendo otra vida. Un alma en pena. Y ese gesto con la boca, repetido. La punta de la lengua apenas mordida, los labios uniéndose y desuniéndose, uniéndose y desuniéndose en aquella expresión: tupapáu, tupapáu.

—¿Andrés? —se atrevió a preguntar, y temió la respuesta.

Ya no lo toleró. Fue a la mesa de la cocina, abrió el cajón de los cubiertos y empuñó un cuchillo. Volvió. Y cuando se detuvo a su lado, se sorprendió cuando él abrió los ojos, sonriéndole. Y, entonces, lo primero en caer al piso fue la hoja de acero. Después fue ella la que cayó de rodillas en una náusea mortal ante la transformación. Nada de lo vivido lo había vivido entre tanta tiniebla.

Hubiera preferido morir antes que enfrentarse a esa arqueada figura calcinada, a esa inconfundible dentadura de colmillos enmohecidos, los brazos extendidos reclamando.

 

 

Eduardo Poggi (Buenos Aires, 1945) integra el círculo de escritores de horror y fantasía “La abadía de Carfax”. Escribe sobre plástica y literatura en el periódico cultural FINy en la Revista Axolotl. Los cibersitios Axxón, BNTB, El aleph, NM, QI, Revista Axolotl, Literarea y el suplemento cultura del diario Perfil han publicado algunos de sus cuentos y cuadros. Alterna su pasión por las letras con la pintura y la composición musical. Su novela inédita Razones de un homicidio fue publicada por capítulos en su blog “Letras, colores y sonidos”. El libro de cuentos “Terminar con todo” aún permanece inédito.

Hemos publicado en Axxón AL ACECHO y EL VIEJO DE LA PUERTA.


Este cuento se vincula temáticamente con LA NOCHE DE TEMPOAL, de Pé de J. Pauner; DESTINO KOMALA EN TIEMPO, de Daniel Flores y EL ESPEJO DEL VODÚ, de Luis Joaquín Sánchez.


Axxón 247 – octubre de 2013

Cuento de autor latinoamericano (Cuento: Fantástico : Terror : Magia : Culpa : Argentina : Argentino).


10 Respuestas a ““Extraña luna de miel”, Eduardo Poggi”
  1. ¡¡¡Que hermoso cuento, Eduardo!!! Atrapante de principio a fin. Me encanta el estilo. ¡¡¡Felicitaciones Axxón por publicarlo!!!

  2. Pablo Vigliano dice:

    Querido Eduardo ¡De qué manera más eficaz me transportaste a la isla! Y lo que es mejor ¡cuánta tensión y misterio en torno al ritual de los nativos! Y mucho mejor ¡el terrorífico final!

    • Eduardo Poggi dice:

      Gracias, Pablo querido. A veces, uno se encuentra con un tema desconocido, empieza a escribir, le gusta el tono, y ahí empieza el trabajo de la imaginación y de la investigación. Este es un caso así. Y después, la imaginación se enreda con los datos investigados, se potencian, y uno empieza a tejer la trama. El final del cuento me obligó a volver sobre mis pasos para agregar situaciones que lo justificaran. Disfruté mucho escribiéndolo. Va un abrazo grande.

  3. Mariláu dice:

    ¡Cuentazo! Tiene un clima impresionante. ¡Felicitaciones, querido Eduardo! ¡Y muy bien por Axxón que lo publicó!

    • Eduardo Poggi dice:

      ¡Gracias, querida Mariláu! Me alegra que te haya gustado. Y es cierto, Axxón siempre poniendo su cuota de generosidad para publicarnos. Un beso.

  4. Ricardo Giorno dice:

    ¡Qué cuentazo, Poggi! ¡Qué final, Poggi! Y vas llevando al lector de la nariz, embrujado por la acción que transcurre como por una escalera. Y al final de la escalera está “eso”
    ¡Mis felicitaciones!

    • Eduardo Poggi dice:

      ¡Gracias, Ricardo! Describís el tácito acuerdo entre escritor y lector. A mí, como lector, me encanta que el escritor me atrape y me lleve por caminos desconocidos para sorprenderme con lo inesperado. La lectura es un hermoso juego de intrigas y suspensos. Bien lúdico, por cierto. Gran abrazo.

  5. Ruben Pepe dice:

    Excelente cuento, con dosificado suspenso hasta el final. Felicitaciones. Ruben Pepe.

    • Eduardo Poggi dice:

      Gracias, Ruben Pepe. Justamente, antes comentaba sobre la cuestión del suspenso que mencionás. Siempre me gustaron las películas de Alfred Hitchcock. Y comencé a leer a Patricia Highsmith gracias a la sugerencia de mi maestro Marcelo di Marco. Un abrazo grande.

  6.  
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