¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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MÉXICO

 

La astronave se acercaba silenciosamente al planeta, mientras Esteban manipulaba los controles con cuidado, no quería alertar a los vigilantes.

La humanidad sucumbía ante los embates de esta raza artificial con cerebros de silicio. La única esperanza era destruir el cerebro central.

El comando unido había obtenido la inestimable información gracias a un espía, una información y luego la estática del vacío espacial.

Esteban tenía que rescatar al espía, si era posible, y destruir el cerebro electrónico, hacía falta la máxima discreción, las armas eran inútiles para enfrentarse a los esbirros cibernéticos.

Comenzó el aterrizaje en las coordenadas marcadas por el informante, un pequeño islote en el mar, una roca desprovista de vida.

Descendió al amparo de la oscuridad, extrajo una pequeña lancha inflable y se embarcó, la costa no estaba lejos, vagas luces se veían en la distancia.

Los binoculares especiales le mostraron que el agua carecía de vida, miró a lo lejos y distinguió los tanques robot patrullando, mientras tanto, en la orilla estaba el peñasco que ocultaba su objetivo: el túnel.

Manteniendo la cabeza baja, Esteban derivó en la lancha, despacio; un ruido sordo se escuchó, una nave sobrevolaba el mar.

“¡Maldición!”, pensó, “¿me habrán visto? ¿Descubrirán mi nave?”

La incertidumbre lo picaba, pero ya era demasiado tarde para retroceder, la lancha tocó la costa y Esteban descendió sigilosamente y alcanzó el túnel. Estaba excavado en la roca viva; avanzó tanteando las paredes, ayudado por el visor amplificador de luz.

El camino se bifurcó, Esteban siguió las indicaciones que le había dado el comando central; era un laberinto, sólo podía confiar en que no hubiera errores en las pistas.


Ilustración: Valeria Uccelli

Llegó a una pequeña cámara, y encontró equipo conocido, todo destruido. El transmisor estaba deshecho por los rayos de energía concentrada.

Ahí estaban los restos del valeroso soldado, su cuerpo ya seco con el arma en la mano y un postrer rictus. Esteban se inclinó sobre él y le quitó la chapa de identificación cuando lo sorprendió un chirrido eléctrico detrás.

Un droide apuntaba su brazo-arma a Esteban, que sacó por instinto su pistola.

—El otro hizo lo mismo —dijo la inhumana voz del robot—. También puedes ser desactivado permanentemente.

—¿Cómo me detectaron?

—Un humano llama a otro humano… Guarda tu arma, estás detenido.

Esteban pensó que vivo tal vez podría hacer algo y obedeció. El robot lo hizo marchar delante y lo guió por los túneles hasta la superficie, que bullía de droides; transitaron por la enorme ciudad robótica, mientras sus habitantes observaban indiferentes a Esteban.

Entraron en un edificio piramidal.

—¿Qué es este lugar? —preguntó Esteban.

—El tribunal —dijo el robot, sin entonación.

—¿Tienen tribunales?

—Somos una civilización.

Llegaron ante un gigantesco robot inmóvil que comenzó a parlotear en silbidos incomprensibles, después el primer robot le contestó y hubo una respuesta más.

—Fin del juicio.

—¿Qué…? —preguntó Esteban, pero no terminó de formular su pregunta, el piso se abrió debajo de él y cayó por un túnel plateado.

El boquete del techo se cerró, ahora estaba atrapado en una celda de dos metros por dos metros, paredes, piso y techo, sin puertas, mosaicos plateados.

Golpeó, brincó, escuchó; nada, estaba aislado del mundo. Disparó su arma y los mosaicos no se afectaron.

Se dio por vencido, moriría de inanición, sed o locura. Pasaron horas interminables, se durmió y cuando despertó vio una escudilla de metal con un caldo caliente, lo olió y sintió apetito.

Pero se hizo atrás y prefirió comer la galleta que llevaba en la mochila y tomó su propia agua, cosa rara, le habían dejado todas sus cosas, incluso la mochila.

Probó el transmisor de radio, pero no servía, los mosaicos metálicos lo bloqueaban.

¿De dónde salió la escudilla? Se quedó mirando atentamente a su alrededor, tras horas de espera, un mosaico se abrió hacia atrás y un tentáculo metálico apareció y jaló la escudilla. Esteban trató de sujetarlo y recibió una formidable descarga eléctrica que lo dejó inconsciente.

Cuando se recuperó, vio otra escudilla con caldo caliente.

“Método”, pensó. “Debo ser metódico…”

Comenzó a revisar mosaico por mosaico, buscando ranuras, analizó especialmente aquel por donde entraba la comida.

Tuvo ganas de vaciar su vejiga. “¿Dónde?”, pensó; al fin decidió hacerlo en una esquina. Cuando terminó, el mosaico giró y reapareció limpio.

—¡Vaya! ¡Eso es!

De nuevo apareció el tentáculo, Esteban metió su arma por el agujero, cuando el tentáculo se retiró, el mosaico quedó semiabierto, pero la fuerza formidable del mecanismo de cierre rompió la pistola y lo cerró de nuevo.

Ahora tenía media pistola, goteando el ácido de su batería. Esteban se sentó desconsolado y luego se durmió.

Al despertar, había una nueva escudilla con caldo caliente. Prefirió comer su propia comida.

Así pasaron varios días, la celda siempre estaba iluminada, en ese momento apreció más que nunca su reloj, sin éste hubiera sido imposible conocer el transcurso del tiempo.

Se levantó emocionado al notar algo diferente, el ácido había carcomido el mosaico y había formado un pequeño hueco. Esteban tomó una vara metálica y sondeó el agujero, tres o cuatro centímetros, decidió esperar un poco más.

En tres días alcanzó una profundidad de diez centímetros, el ácido ya se había secado. De su mochila obtuvo una barra de explosivo y le quitó un pedazo pequeño, lo acomodó en el agujero y le puso un cable, luego lo conectó al detonador.

“Más vale que esto funcione”, pensó y se cubrió la cabeza con las manos mientras oprimía el botón.

La explosión cimbró la celda y la llenó de humo, se acercó y miró entusiasmado, ahora había un gran hueco por donde podía bajar, se distinguía un piso cercano.

Tomó su mochila y la arrojó por el hueco, después él mismo se descolgó. Se había engañado, no era otro piso, había caído sobre el techo de otra celda, y a su alrededor se extendían bloques de celdas hasta donde alcanzaba su vista, separadas y suspendidas en el vacío.

Un pequeño robot volador se acercó a Esteban y una lente lo enfocó, se escuchó un grito electrónico y el robot salió volando a toda velocidad. ¡Lo habían descubierto! Esteban comenzó a brincar entre las celdas, tan rápido como podía, hasta alcanzar una pared rocosa con salientes, hacia arriba se distinguía una luz.

A lo lejos se escuchó una estampida metálica, sintió que detrás de él se movían miles de cosas. No se detuvo a investigar y comenzó a ascender entre las rocas.

Se acercaban cada vez más, la luz estaba más cerca, era una rejilla redonda, la alcanzó y empujó… ¡Maldición!, ¡estaba atornillada!

Tomó más explosivo y lo colocó rápidamente, con dedos temblorosos puso el cable y se alejó un poco. Los engendros se acercaban, con ruidos ansiosos. Oprimió el detonador y la tapa saltó por los aires.

Subió rápidamente a la luz, un vistazo antes de salir le mostró un panorama de monstruos de metal con garras oxidadas.

Estaba en la superficie. Echó a correr asustado, con el corazón latiendo de prisa. En el lugar por donde había salido apareció una gran zarpa, luego el piso reventó y apareció un enorme monstruo con dos patas y filosas garras, mirándolo malignamente con sus ojos electrónicos. Se lanzó detrás de Esteban, y más monstruos aparecieron.

Esteban corría, vio que se hallaba en la ciudad robótica y que los robots se guarecían en los edificios y cerraban las puertas. Pronto él sería el único afuera, perseguido por aquellos demonios.

Adelante suyo vio un gran edificio cuyas inmensas puertas se cerraban lentamente, hizo un esfuerzo sobrehumano y se lanzó por el hueco entre las puertas, que al poco tiempo crujieron al ajustarse.

Los monstruos golpearon furiosos la puerta, era seguro que no resistiría mucho. Esteban se incorporó torpemente y entonces vio, sorprendido, lo que tenía delante.

—¡Dios mío!

Se hallaba en el edificio del cerebro central, que zumbaba quedamente, suspendido entre dos torres de circuitos electrónicos.

Tomó su mochila y trepó a una torre, luego hizo equilibrio por sobre la estrecha conexión y se paró sobre el cerebro. En pocos minutos depositó todos sus explosivos.

Se retiró y oprimió el detonador, el poderoso estallido hizo volar en pedazos el cerebro, y arrojó a Esteban hacia atrás.

—Ja, ja, ja —rió, tirado en el piso—. ¡Ganamos!

Pero fuera los ruidos no cesaban. Esteban miró con inquietud la gran puerta que por sus rajaduras ya dejaba ver a sus perseguidores. De una puerta interior salió un viejo robot, alzando las manos y parloteando en electrónico, vio a Esteban y se dirigió hacia él.

—¡No sabes lo que has hecho! —le dijo cansinamente— Destruiste al gran ordenador y toda nuestra civilización.

—Eran ustedes o nosotros.

—¿Ustedes? Querrás decir tú. Hace billones de microsegundos que exterminamos a tu civilización. Eres el último.

Un escalofrío recorrió la espalda de Esteban, no pudo articular palabra.

—Mientes —dijo finalmente.

—Estás solo en el Universo.

La puerta se rompió y los monstruos entraron, uno de ellos tomó entre sus garras al viejo robot y lo hizo pedazos, otro más se dirigió a Esteban y lanzó sus garras contra él, pero no lo alcanzó, se quedó quieto, inmóvil, al igual que todos los demás. Un enorme silencio se esparció lentamente por toda la ciudad.

Esteban se deslizó despacio para sacar su estómago de debajo de la oxidada garra, se levantó mareado, ebrio de triunfo y de shock al mismo tiempo.

Huyó en su nave y se dedicó a recorrer planetas en busca de seres humanos, no los encontró y aún sigue buscando.

Lo hallamos en Belekush 8, le dio gusto vernos aunque no fuéramos de su raza y nos contó su experiencia. Nosotros, los habitantes de Derditón, verificamos su historia y le dimos combustible para seguir con su búsqueda interminable.

 

 

Alec Doorsot es el seudónimo de un autor mexicano aficionado a leer ciencia ficción (sus favoritos son Asimov, Bradbury, Harrison y Verne) y que ahora escribe las historias que siempre quiso leer. Actualmente tiene varios cuentos y novelas cortas inéditos que algún día espera ver en un libro o adaptados al cine.

Esta es su primera participación en la revista.


Este cuento se vincula temáticamente con LOS FESTEJOS DEL FIN DEL MUNDO, de Pablo Dobrinin; EL COSMONAUTA AZUL, de Yelinna Pulliti Carrasco y 82 FICCIONES APOCALÍPTICAS, Varios autores.

Axxón 216 – marzo de 2011

Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia-Ficción : Futuro Apocalíptico : Viaje Interestelar : México : Mexicano).



Una Respuesta a ““El último hombre”, Alec Doorsot”
  1. josepzin dice:

    Lindo cuento, me gustan estas historias. Me recuerdan a esos cuentos de Asimov de antaño.

  2.  
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