¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

 

—¡Florecilla! ¡Florecilla! ¿Dónde estás, Florecilla? ¿Ha visto usted a mi Florecilla? ¡La he perdido!

Esa frase, pronunciada en tono de niña ingenua, no podía esperarla de ninguna niña de cinco años, salvo que fuese la tristísima excepción de una opresiva crianza.

Menos aún podía esperarla de quien realmente la pronunciaba: Un hombre cuyo documento declaraba ochenta y tres años, pero a quien con suerte se le podían dar sesenta; con un cuerpo enorme y musculoso que apenas cabía en la más grande cama que teníamos en la clínica.


Ilustración: Tut

Este hombre, pese a su edad, trabajaba en el taller mecánico con sus hijos. Taller de su propiedad, sumamente próspero. Precisamente estaba allí, en esa cama, tras haber sufrido sobre su espalda la caída de un motor. Fisura de cráneo, cervicales resentidas, brazo izquierdo fracturado más algunas costillas del mismo lado… único resultado de algo que habría dejado a cualquier otro convertido en un despojo de carne triturada.

Él no. Él sólo había quedado inconsciente y yo, como su médico, bien sabía la ingente cantidad de yeso, vendas y refuerzos que había requerido asegurar ese corpachón para que su excelente salud hiciera el resto.

Y ahora que despertaba, tras tres días de inconsciencia y conmigo como único testigo, acababa de pronunciar esas frases con ese tono. Mi primera reacción fue la sorpresa y la tentación de risa, pero me precio de ser un profesional y me contuve.

—Perdón… ¿Qué dijo?

—¡Florecilla! ¡Mi potranca! ¡Estábamos de paseo y…!

El hombre miró en derredor con extrañeza, luego volvió a mirarme.

—¿Dónde estoy?

—En mi clínica. Soy el doctor Sebastián Oviedo, su médico. Usted tuvo un accidente muy serio.

—¿Qué?

—Dije serio, no grave. Le puedo asegurar que se pondrá bien, sólo que deberá quedarse un tiempo aquí.

—Debo haber caído de Florecilla cuando galopábamos…

Quedó un instante pensativo, luego sus ojos se llenaron de lágrimas y nunca vi una expresión más triste y de desamparo, menos aún en un hombre así.

—No… no fue Florecilla.

Mi curiosidad iba en aumento.

—Florecilla quedó en la estancia, con don Hilario. Él seguro la estará cuidando bien. No… esto lo hizo la hermana Rosa.

—¿Quién?

—La hermana Rosa. Ella siempre dice que no debo llorar por el… por el fruto del pecado. Me castiga siempre… pero no puedo evitarlo. Mi chiquito… ¡No me dejaron ni verlo!

Y se largó a llorar con un desconsuelo absoluto. Yo estaba desconcertado. Ese hombre no fingía. No tenía por qué fingir ese tono entre femenino e infantil. No tenía por qué decir lo que decía, pero mi compasión pudo más y me acerqué a tomarle la mano sin yeso, que estaba asegurada para evitar que un movimiento involuntario aventase la cánula de suero.

—¡Cálmese! ¡Cálmese por favor! ¡Aquí no hay ninguna hermana Rosa! ¡Aquí nadie lo… nadie le dará un castigo! ¡Eso se acabó, para siempre! ¡Aquí tiene un amigo que le dará protección!

Pareció calmarse un poco. Me miró con pena.

—Doctor… doctor Oviedo. ¿Me puede prometer eso?

—Se lo juro.

—¿Cree usted que…?

—Diga.

—¿Cree usted que podría encontrar a mi chiquito? ¿Verlo aunque sea una vez? ¡Ya han pasado dos años!

Pensé bien lo que diría.

—¿Cómo se llama su niño?

—No lo sé… yo pensaba ponerle Juan si era varón… Ana si era nena… pero no me dejaron verlo siquiera.

Y volvió a lagrimear.

—Está bien. Veré qué puedo hacer. Dígame su nombre, por favor.

—¿No se lo dijeron? Me llamo Clotilde Améndola.

—¿Su fecha de nacimiento?

—Veintidós de diciembre de mil novecientos catorce.

Fingí hacer con dificultad cálculos mentales.

—Lo que quiere decir… que hoy tiene… hoy tiene…

Me miró con cierto fastidio.

—Diecisiete años. No es tan difícil.

Entonces la mencionada Clotilde “vivía” mentalmente en mil novecientos treinta y uno. Ya tenía algunas pistas… porque dentro de mi cabeza comenzaban a formarse ideas que no me atrevía a expresar en voz alta.

—Gracias —le respondí—. Los números siempre han sido algo difíciles para mí. Ahora le confieso que yo lo… yo la atendí aquí en la clínica, no sé de dónde la trajeron. ¿Puede decirme dónde estaba antes?

—En el convento.

—¿Cuál convento?

—¡El de San Cipriano! ¿Cuál otro podría ser?

—Está bien. ¿Qué es lo último que recuerda, antes de despertar aquí?

—Estaba en mi celda. Me costaba respirar… la hermana Rosa me había castigado mucho. No podía parar de llorar, luego…

Se detuvo un instante.

—Luego… no sé. Me dejó de doler, creí estar montada en Florecilla y… y no recuerdo más hasta que abrí los ojos y lo vi a usted. Ahora me duele un poco, pero menos.

—Está bien… Clotilde. Voy a hacer lo posible por cumplir su deseo. Usted, por favor, debe descansar hasta que se cure.

Amagué salir, pero me detuve y volví a mirar al gigante que ocupaba la cama.

—Quiero pedirle un favor.

—Diga, doctor Oviedo.

—Voy a hacer entrar a unas personas. Sólo le pido que las mire pero, por favor, no les hable.

—¿Ni una palabra?

—Nada.

—Se lo prometo.

Apenas salí de la habitación, tres moles se elevaron de sus asientos y se acercaron a mí con rostros preocupados.

—¿Y, doctor? ¿Cómo está el viejo?

Eran los tres hijos de mi paciente, tan enormes y corpulentos como él. Y con rostros tan parecidos a él que hacían ociosa cualquier prueba de paternidad.

—Su padre está delicado, pero estable. El pronóstico es bueno… sólo hay que esperar que suelden los huesos.

—Bueno… si cuando se quebró el pie volvió a los quince días… —calculó el hijo del medio.

—¡No seas bestia! —exclamó el más joven—. ¡Ahora se le cayó un motor encima! ¡Tenemos que esperar por lo menos dos meses!

Hice un esfuerzo para no reírme. La situación era grave, pero el poder de recuperación de este hombre parecía ser asombroso. Me controlé.

—Pero eso no es todo.

Me miraron preocupados.

—Su padre… se golpeó la cabeza. Recién recupera la conciencia, pero no… no parece recordar quién es.

No quería mentir, pero no podía explicarles a estos hombres buenos, pero simples, algo que yo mismo no entendía. Ellos, por su parte, se miraron entre sí angustiados.

—Por eso quiero hacerlos pasar de a uno. Quiero ver hasta dónde puede reconocerlos. ¿Puede ser?

Los más jóvenes miraron al mayor, éste sólo asintió y me enfrentó.

—Cuando quiera, doctor.

Volví a entrar en la habitación.

—Aquí está una de las personas que quise que viera.

El hijo mayor entró y, de inmediato, la cara del viejo fue terror vivo. Comenzó a temblar todo aquello que no tenía inmovilizado al tiempo que no hablaba más por el espanto que por la promesa que me había hecho.

—¡Váyase! ¡Váyase enseguida! —casi le grité al hombre, quien se retiró rápido con la mayor pena posible en el rostro. Cerré la puerta casi con fuerza y encaré a mi paciente, que ahora lloraba mientras me miraba con reproche.

—¿Por qué lo hizo? —me preguntó.

—¿Por qué hice qué?

—¡Traer a ese monstruo! ¡El que me lastimó!

Me acerqué a la cama.

—¿De qué está hablando? ¿Él la lastimó? ¿Cómo?

Recién me di cuenta que me dirigía a mi paciente como a una mujer. Presté atención.

—¡Me lastimó! ¡Allí… abajo! ¡Me hizo doler mucho!

Comenzaba a entender… pero algo de mí no quería entender.

—Dicen… —continuó con gemidos—… que por él… tuve a mi chiquito. No entiendo… no sé… pero me hizo doler.

—Escuche, Clotilde. Si lo hice pasar… fue porque no sabía quién era. Dijo que la conocía. Pero no se preocupe. Ahora lo voy a hacer detener por la policía y no lo verá más.

—¿De verdad?

—Se lo prometo.

Hizo un puchero que en una jovencita habría quedado encantador, pero que en ese anciano curtido y corpulento resultaba grotesco.

—Le pido ahora que descanse, póngase bien. Vendrá una enfermera a cuidarla pero… le pediría que tampoco le hable a ella.

—¿Por qué?

—Para que se cure más rápido, es preferible que hable sólo conmigo… y cuando estemos solos. Le aseguro que es importante.

—Será como usted diga, doctor —dijo tras una pausa.

Una vez fuera me encontré de nuevo con los gigantes angustiados.

—¡Doctor! ¿Qué fue eso?

—Por el momento, sólo puedo decirles que su padre ha perdido la memoria.

La angustia se reflejó en sus rostros.

—Por otra parte, es preferible que no lo vean. Se asustó con usted… y ustedes son demasiado parecidos. Tengo que averiguar más antes de dejar pasar a cualquiera, por más familia que sea.

Hice una pausa.

—Díganme. ¿El nombre de Clotilde Améndola les dice algo?

El desconcierto fue igual en los tres rostros, pero fue el mayor quien respondió.

—No… no conocemos a nadie con ese nombre. ¿Por qué?

—Su padre… lo pronunció.

—Habrá sido una novia que tuvo —dijo el del medio.

—Antes de casarse con mamá —acotó, serio, el más joven.

—¿Su madre podría saberlo?

—Mamá murió hace cuatro años…

—Y medio… —acotó el más joven.

—¿No hay nadie de la edad de su padre que pudiera saberlo?

Hicieron un gesto negativo.

—¿No saben si en la familia había antecedentes de… enfermedades mentales? ¡Es sólo una pregunta!

Una sombra de incomodidad pasó por los tres rostros, pero no por los motivos que yo esperaba.

—Papá era adoptado —informó el del medio.

—Nuestros abuelos sólo lo eran de corazón, pero no eran en realidad nuestros abuelos —agregó el más joven.

Quedé pensativo un momento, luego los encaré.

—Escuchen, no puedo explicarles por qué, pero necesito saber al menos dónde vivían sus abuelos antes de adoptar a su padre.

—¡Acá, a dos cuadras! ¡El taller ya era del abuelo!

—Otra cosa más. No ustedes, pero… ¿hay algún otro miembro de la familia que su padre quiera mucho, más que a otros?

Los dos más jóvenes miraron al mayor, quien sonrió con tristeza.

—Tati.

—¿Quién?

—Tati, mi nieta. Soy el primero y hasta ahora el único que es abuelo. Mi nieta tiene diez años y… bueno, que no le toquen a su “Bisi”. Así llama ella a mi padre, por bisabuelo. Si ella le pide que se tire de un quinto piso, mi padre se tira sin pensarlo dos veces.

Para mis adentros pensé que, tras la caída del quinto piso, el viejo se sacudiría la tierra y volvería a babearse con su bisnieta.

—¿Puede hacer que ella venga esta tarde?

—Le digo a mi nuera. La traerá después del colegio.

 

 

—¿Hola?

—Por favor… Con el señor Pablo March.

—¿De parte de quién?

—El doctor Sebastián Oviedo.

—¡Cuñado querido! Disculpame, pensé que sería un plomazo que me jode cada tanto.

—¿Qué te pasó en la voz?

—Me pasé con el whisky, nada grave. ¿Pasa algo?

—Escuchame, necesito que me hagás un favor, que averigüés algunas cosas en los archivos del diario.

—Cantá que tomo nota.

—Necesito todo lo que tengas sobre Clotilde Améndola, nacida en mil novecientos catorce, presuntamente muerta en mil novecientos treinta y uno. Todo lo que puedas.

—Raro tu pedido. ¿Algo más?

—Sí, el convento de San Cipriano. Si existe o existió una vez, acá en la ciudad, dónde estaba o está todavía… todo eso. ¡Ah! Y si entre las monjas había una hermana Rosa.

—Bueno, aguantame hasta la noche. ¿Podés?

—Sí, tiempo tengo.

 

 

Sólo había quedado el hijo mayor en la sala de espera. Los otros habían vuelto al taller. A su lado había una mujer joven y una encantadora niña de unos diez años con la mirada triste.

—Mi nuera y mi nieta —dijo el gigante, remarcando cierto orgullo al final. Me acerqué a la niña, anticipando mi sentimiento de culpa por exponerla a algo que podía ser traumatizante. Pero necesitaba saber si lo del anciano era una simple amnesia o había algo más.

—Tati, no sé si me conocés. Soy el doctor Oviedo.

—Sí, el que está curando al “Bisi”.

—Así es.

—¿Cómo está?

—Mejorando, pero todavía necesita curarse. Para eso te necesito a vos.

—¡Lo que sea, doctor! ¡Si necesita sangre…!

—No, mi amor. Nada de eso. Sólo quiero que entres a verlo… pero que no le hables. Quiero que él te vea, nada más.

Recordé en ese momento que el viejo tenía cabeza, cuello y medio tórax enyesado. La imagen podía desagradarle a esa criatura, acostumbrada a ver a su “Bisi” en otras circunstancias. Pero ya no podía echarme atrás.

—Bien, doctor.

—Ya sabés, no le hables.

Entramos ambos. Mi atención estaba puesta en el anciano, para ver si alguien tan querido reavivaba su verdadera identidad. No obstante, el anciano miró a Tati con algo de curiosidad, pero nada más.

—¡Bisi! —dijo Tati en un gemido, rompiendo su promesa. Me fijé y vi que lloraba.

—Está bien, mi amor. Ya me ayudaste. Volvé con tu mamá.

Y, prácticamente, la empujé afuera. Miré al anciano con severidad pues, si por algún motivo fingía, estaba siendo cruel con el ser que más quería en el mundo. Pero nada de eso sorprendí en su mirada.

—Hermosa niña. ¿Es gitana? —preguntó con su voz feminoide.

—¿Gitana?

—Por toda esa ropa colorida. Así visten los gitanos. ¿O no?

—No… Clotilde. No es gitana.

Me acordé de golpe que había una enfermera en la habitación. Miraba tanto al anciano como a mí con desconcierto.

—Déjenos solos, por favor. Y de esto, ni una palabra a nadie.

La enfermera asintió y se retiró sin dejar de mirarnos como a locos. Una vez que estuvimos solos, miré severo a mi paciente.

—Recuerde, no debe hablar ante otras personas.

—Perdón, me olvidé.

—No importa. Dígame. ¿Vio bien a la niña?

—¡Sí, claro!

—¿No la reconoce?

—No… si iba a mi colegio, debe haber ido a los grados más bajos. Es más pequeña que yo.

—Ni se imagina cuánto. Está bien, Clotilde. Creo saber dónde está su chiquito.

—¿De veras? —exclamó con una sonrisa luminosa.

—Creo, no le puedo dar certezas. Le pido que me espere hasta mañana, yo volveré aquí y le contaré lo que haya averiguado. ¿De acuerdo?

—De acuerdo, doctor.

—Ahora descanse. Y recuerde, no hable con nadie. Ni con las enfermeras.

 

 

Mi cuñado se autoinvitó a cenar. Mientras mi mujer preparaba la comida, nos pusimos a conversar.

—Gracias a Dios que digitalizaron todo el archivo y lo hicieron microfilm. Tengo lo que me pediste, pero algunos de tus datos están errados.

—Decime.

—Hubo una familia Améndola, tenían campos pero los vendieron. Estaban al norte de la ciudad. Ahora ahí hay un barrio privado.

—Ajá. ¿Tenían una hija llamada Clotilde?

—Sí, pero ahí está el error. Clotilde era la hija mayor, nació en mil novecientos catorce, pero no murió en mil novecientos treinta y uno.

—¿No?

—No, partió en mil novecientos veintiocho de viaje con sus padres. Fueron a Europa, allá conoció a un conde y se casaron.

—¿Qué? ¿Con catorce años?

—Era la costumbre, entonces.

—¿Sabés qué le pasó?

—Vivían en Francia, pero cuando empezó la guerra se fueron a Londres. Los padres se habían vuelto solos a Argentina casi enseguida y siempre recibían cartas de ellos. Publicaban los datos principales en “Sociales”, después la necrológica. Murieron durante un bombardeo alemán. De ahí tengo la información.

—Escuchame. Ya para esa época el diario imprimía fotos. ¿No encontraste una foto del casamiento?

Mi cuñado quedó pensativo un instante.

—No, la verdad que no. Sólo notas escritas.

—O sea que partieron cuando ella tenía catorce años… y no volvió más.

—No, no volvió más. Ni siquiera encontraron el cuerpo entre los escombros, así que no la pudieron repatriar.

—Bien… por lo menos hubo una Clotilde Améndola nacida en ese año.

—Queda la otra parte que me pediste.

—¡Ah, el convento de San Cipriano! ¿Existió?

—Existió hasta los cincuenta, hubo un incendio y quedó una ruina. De la hermana Rosa, lo único que supe es que su última abadesa era la Madre Rosa, pero no sé si sería la hermana Rosa que estás buscando.

—¿Qué pasó con ella?

—Murió de vieja, en un asilo donde llevan a las monjas que están muy viejas. No tengo datos, pero creo que hasta hace veinte años vivía.

—¿Y dónde quedaba el convento?

Mi cuñado sonrió con malicia.

—Eso lo sabés vos tanto como yo.

—No te entiendo.

—La Iglesia vendió el terreno y se demolió lo poco que había quedado. Sobre eso construyeron tu clínica… bueno, en ese tiempo fue un petit hotel. Después vos lo hiciste clínica.

Procuré que la angustia no se me transparentara, que las ideas que me estaban naciendo en la cabeza no se concretaran… porque temía perder la razón.

—¿No queda nada del convento?

—Ni el osario. Tenían un osario, una catacumba; pero cuando hicieron la construcción nueva… volaron los huesos de las monjas. Por supuesto, eso lo sé de notas que no se publicaron.

Los huesos de las monjas… y de alguien más, pensé para mis adentros. Y eso si, en alguna parte no descubierta por los albañiles, reposaban los huesos de una jovencita.

 

 

No dormí en toda la noche, no pude. La pasé en la cocina tomando café. A mi mujer le dije que estaba desvelado, que ella volviese a dormir.

Si por mí hubiese sido, me habría dado la explicación más científica y cartesiana que cuadraba y me habría tranquilizado a mí mismo. Pero no era yo solo.

El taller de los buenos gigantes estaba, desde su fundación, siempre en el mismo lugar. A dos cuadras de la clínica, a dos cuadras de lo que había sido el convento.

Dos cuadras suficientes para que, en el mayor secreto, se hablase con un matrimonio de trabajadores sin hijos, se les ofreciese una adopción de hecho, como se estilaba y a veces todavía se estila.

Dos cuadras para llevar disimuladamente un recién nacido, alejado con crueldad de su inocente madre, una niña violada por un hijo de puta y que cargó sobre sí todos los castigos.

Una niña muerta a golpes por un monstruo con hábito y enterrada en un osario, mientras sus padres hipócritas le inventaban un viaje y un matrimonio aristocrático, al tiempo que se desentendían de su verdadero destino.

¿Qué podía hacer?

Al día siguiente fui a la clínica, pedí a la enfermera que me dejase solo con mi paciente… y comencé a recitar lo que había madurado en mi cabeza toda esa noche.

 

 

—Clotilde… averigüé dónde está su hijo.

—¿Dónde está? —preguntó el viejo con una sonrisa luminosa.

—Está cerca, pero antes que le diga dónde, quiero contarle algunas cosas. ¿Me tendrá paciencia?

—¡Sí, doctor, por supuesto!

—Antes que nada, usted dice que han pasado dos años. No es así, han pasado muchos más.

—¿Más? ¿Cuántos?

—Ochenta y uno.

Me miró con incredulidad absoluta.

—¡No puede ser! ¡Mi chiquito será un viejo y… y yo debería estar muerta! ¡No puedo tener más de cien años!

Me esforcé en decir lo que a mí mismo me costaba creer.

—No, Clotilde. Usted murió. Murió ese día de la última paliza que le dio esa monja infeliz. Sus últimos recuerdos fueron para su potranca Florecilla, con la cual parece haber pasado sus momentos más felices, galopando en el campo de sus padres. Por eso es que tuvo ese recuerdo.

En el rostro del viejo pugnaban, por un lado, la incredulidad y, por el otro, la certeza de que yo hablaba con verdad, con una verdad que le costaría asumir.

—Después… no sé. Eso habría que preguntárselo a Dios… entre otras tantas preguntas. Pero usted no murió en paz, siempre tuvo la idea de volver a encontrar a su hijo. Y cuando su hijo vino aquí, ya grande, usted comenzó a hablar conmigo.

—Si… mi hijo es tan viejo… ¿cómo ha sido su vida?

—Le aseguro que fue una hermosa vida, Clotilde. Encontró unos padres postizos que lo amaron como si fuera de ellos. Ellos no sabían de dónde venía, pero no preguntaron. Lo criaron bien, le enseñaron el trabajo honesto… se casó, tuvo tres hijos…

—¿Quiere decir que soy abuela?

—Más que eso, Clotilde. Tatarabuela.

La sorpresa fue total.

—Su hijo es bisabuelo. ¿Recuerda la niña que usted creyó gitana? ¡Esa es su tataranieta! La gente hoy se viste de colores.

Hizo una pausa para digerir lo que acababa de oír.

—Pero… ¿Por qué no me lo dijo? ¡Le habría dado besos! ¡Todos los besos que no le di a mi hijo!

—Porque esta niña ama a su bisabuelo. Y estaba muy triste porque lo veía enfermo. Si le decía la verdad, ella iba a sufrir mucho más. Usted no querría eso… ¿verdad?

—¡No, por supuesto que no! ¿Pero qué tiene que ver?

Tragué saliva. Ésta era la parte decisiva.

—Voy a desatarle el brazo, Clotilde, para que usted pueda alzar su mano a la altura de sus ojos.

Así lo hice y el viejo alzó una mano enorme, una mano que nadie quisiera ver convertida en puño y en rumbo hacia su cara. Una mano con dedos capaces de ajustar bulones sin necesidad de herramientas. Su rostro fue la perplejidad. Movió los dedos para comprobar que era su mano. Aproveché para completar mi discurso.

—Usted me está hablando a través del cuerpo de su hijo. Él llegó aquí porque sufrió un accidente. Yo supongo que usted… o lo que queda de usted, está en alguna parte de este edificio, en una sepultura indigna. Esta es mi clínica, que fue construida sobre las ruinas del convento donde la mataron. Al haber muerto sin paz, su espíritu vagó por aquí hasta ahora.

El rostro del viejo ya no tenía asombro, sino una serena y triste paz. Sus ojos lagrimeaban mientras miraban su tremenda manaza y los movimientos que hacía.

—¿Qué va a pasar ahora?

Miré instintivamente hacia arriba.

—Creo que vamos a necesitar ayuda, mucha ayuda. Su hijo debe volver y retomar su vida, porque tiene familia que lo extraña. Usted… usted debe encontrar la paz y partir de este mundo. No sé… ir a un mundo donde pueda galopar con Florecilla por el mejor de los prados… pero eso es lo que debe pasar.

El viejo dejó caer su manaza con resignación.

—¿Él cuidará de la niña?

—Él, el abuelo, el padre… por eso no debe preocuparse.

—¿Qué hacemos para que él vuelva?

Por instinto toqué el bolsillo de mi guardapolvo. Ahí llevaba la jeringa, lo que podía hacer, si todo salía mal, que me quitaran el título y me comiera una condena por homicidio. Pero, por un lado, confiaba en la enorme fortaleza del viejo; y por el otro… extrañamente no me importaba.

—Haré que duerma, Clotilde. Un sueño profundo. Aproveche e intente hablar con Dios. Que Él arregle esto… porque intuyo que Él mismo lo armó para darle la paz.

—¿Tantos años demoró?

Clavé la aguja en la cánula.

—Los tiempos de Dios son distintos a los nuestros.

Vi cómo cerraba serenamente los ojos.

 

 

Dos pollos con papas fritas, platos y cubiertos de plástico, vasos y gaseosa… pese a la leve protesta del hijo del medio que quería cerveza. No admito alcohol en mi clínica. El “refrigerio” había corrido por mi cuenta.

Allí estábamos ese domingo al mediodía, en el salón de médicos, la familia del viejo en pleno. Los tres hijos, sus esposas, cinco nietos, la esposa del nieto mayor y, por lógica, Tati.

Yo, desde el viernes que había inducido ese sueño profundo, no había vuelto a casa. Mi mujer no dijo nada, pero no creo que haya quedado muy convencida. Comía cuando podía, algunas cabeceadas en un sillón o en una habitación vacía, pero no quería moverme hasta tener una perspectiva al menos de lo que pasaría con mi paciente.

Para mis adentros pensaba que si el viejo moría o quedaba hecho un vegetal, no iría preso… porque las cuatro moles furiosas —los tres hijos y el nieto más grande— me reducirían a la mínima expresión.

Por supuesto, había dejado una guardia permanente de enfermeras que rotaba y yo, cada tanto, iba y controlaba los signos vitales. El panorama era prometedor… pero por ahora sólo promesas.

—¿Por qué hace esto, doctor?

La pregunta había venido de la madre de Tati. Ella se daba cuenta de que mi dedicación ya superaba la que tendría cualquier otro médico.

—Pues… este hombre es un caso especial. Me asombra su contextura, su salud… lo que le pasó…

Me contuve al descubrir el rostro angustiado de Tati.

—Lo que le pasó podría haber sido peor en otros. Que haya salido bien… comprenderá… despertó mi curiosidad científica.

La mujer no se creyó mucho mi explicación, pero la aceptó con cortesía. El resto de la familia, sobre todo Tati, no podía disimular la angustia de la incertidumbre.

—¡Doctor, el paciente está despertando!

No pensé en decirles a los demás que me esperaran. Salí corriendo y entré en la habitación. Allí estaba este hombre con el rostro ceñudo, mirando con desconfianza.

—¿Quién es usted? ¿Dónde estoy? —dijo con un vozarrón que hizo temblar el cristal de la ventana. Para mis adentros pensé que escuchar esa voz de noche y cerca de un cementerio me habría provocado diez infartos juntos; pero ahora me sonaba a música.

—¡Soy el doctor Oviedo, su médico! ¡Por favor, no se mueva, tuvo un accidente y debe cuidarse! —me salió todo de un tirón. El viejo pareció tranquilizarse, miró hacia un costado y sonrió. La familia en pleno me había seguido. Del grupo se separó Tati, quien llorando fue a abrazar al viejo.

—¡Bisi! ¡Bisi!

—¡Mi muñeca! —dijo el viejo lagrimeando. Miré a los gigantes y también tenían los ojos húmedos, así como el resto de la familia que apenas entraba en la habitación.

Y yo también, para qué negarlo.

—Están todos acá… ¿Quién está en el taller?

Contuvieron una carcajada.

—¡Es domingo, papá!

—¿Domingo? Pero… era jueves… ¿Llevo tres días acá?

—Llevás más de una semana. No fue el jueves pasado, sino el anterior que te cayó el motor encima.

—¿Tanto? ¡Pucha, debe haber sido serio!

—Ni te imaginás, viejo.

—¡Viejos son los trapos! Está bien, me cayó el motor encima pero… ¿le cambiaron las juntas?

—Tranquilo, papá. El auto quedó hecho un violín, don Pedro está conforme. Te manda saludos.

—Buen hombre, don Pedro. No me gustaría dejarlo a pie.

Reparó en mí.

—Doctor… ¿Cuándo vuelvo a casa? ¿Mañana?

—Ni mañana ni pasado —dije con la voz más profesional que pude—. Lo suyo fue muy serio, mi amigo. Casi se nos va.

Hizo una mueca de desagrado.

—Bueno, espero que la patrona me perdone haberle faltado a la cita.

El hijo más joven se acercó y le acarició la cara.

—Mamá te puede perdonar eso, papá. Ya volverás otro domingo a llevarle flores.

—Usted deberá quedarse un tiempo más —continué—. Cuando vea que está curando, volverá a su casa… pero para meterse en la cama.

—¿En la cama? —exclamó casi con asco—. ¿Y quién atiende el taller?

—Creo que acá hay tres mecánicos…

—Cuatro —acotó el padre de Tati.

—Bueno, cuatro mecánicos que se pueden hacer cargo. Supongo que habrán tenido un buen maestro, así que no debe preocuparse. Ya sabe. La cama primero, la casa después y al taller… sólo de visita hasta nueva orden.

—Y yo me voy a encargar que cumpla —dijo Tati con una firmeza que hizo sonreír a todos. Al sorprender la mirada de ternura de padre, abuelo, tíos abuelos y bisabuelo, pensé que cuando fuese más grande le sería algo difícil conseguir novio.

—Bueno, lo que yo dije. Hasta dentro de dos meses papá no vuelve al taller.

—Ya veremos… —murmuró el viejo.

—Volverás cuando el doctor te diga, Bisi.

Y supe que, con la vigilancia de Tati, la convalecencia del gigante sería respetada.

—Papá —volvió a intervenir el hijo del medio—. ¿Quién es Clotilde Améndola?

Me corrió un estremecimiento. ¿Volvería “Clotilde” a ocupar el cuerpo de su hijo? Me tranquilizó la mueca del hombre.

—No sé, no la conozco; pero que te diga qué tiene el auto y que lo deje.

 

 

No fueron dos meses. Fueron cuatro.

Tati se transformó en el cancerbero de su “Bisi”, cortándole todos los amagues que hacía para entrar al taller. Claro que, cuando iba al colegio, quedaban los hijos para intentar, sin conseguirlo, hacer no que quedase en la casa, sino que sólo se quedase mirando en el taller sin intervenir.

Trataban de darle cosas livianas hasta que Tati regresaba del colegio, ponía el grito en el cielo y el viejo se volvía a la cama con la cola entre las piernas, aguantando con pesar los reproches amargos de ese ángel de la guarda que le había regalado la vida.

Hasta que un día volvió a su puesto en el taller, con pleno derecho y con una actitud física que desmentía lo cerca que había estado de la muerte, así como los años que tenía. Pedí que me invitaran cuando cumpliera cien, lo que seguramente sucederá.

Un día lo visité y, cuando estábamos a solas, le conté toda la verdad. Creo que me creyó, porque cada tanto aparecía un ramo de flores en la recepción de mi clínica. En algún lugar debían estar los restos de su verdadera madre. Había comprendido que fue separada por la fuerza de él, pero que nunca dejó de quererlo.

Yo… yo todavía me pregunto si todo aquello que dije e hice fue mi voluntad o, así como Clotilde se apoderó del cuerpo de su hijo, alguien se apoderó de mí en forma más sutil y me llevó a lograr la paz de un espíritu sufriente.

Es una respuesta que no tendré nunca, no en esta tierra al menos.

Si saqué un beneficio, fue saber dónde podría hacer arreglar el auto cuando tuviese problemas. La primera vez amenacé con no volver más si no me cobraban, y desde entonces me cobran lo que sospecho un “precio simbólico”.

Pero estoy seguro que el auto siempre andará hecho un violín, así que mis visitas son pocas.

 

 

Fernando José Cots Liébanes, escritor, guionista de teatro y cine, cineasta, docente nacido en Córdoba, Argentina, el 1º de Junio de 1950. Es Licenciado en Cinematografía, 1989, recibido en el Departamento de Cine y TV, Escuela de Artes, Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba.

De sus ficciones, hemos publicado en Axxón: QUILINO, CARACOLES, LA NOCHE DE LA RATA, RECHAZO, OBERTURA PARA DIOSES LOCOS, PROCÓNSUL, LA TRAMPA, SI MARTE FALLA, LOS INVASORES DEL SÁBADO, MADUREZ, RADIO MALDITA, LOS APESTADOS DE TANIT, DONACIANO y CONVOY.

También publicamos sus ensayos y artículos LAS MALAS COPIAS, ECOS Y SILENCIOS, EL GRAN HERMANO Y SUS MODELOS REALES, EL TRISTE OFICIO DE WINSTON SMITH y LAS GRANDES DUDAS DEL PLANETA ROJO.


Este cuento se vincula temáticamente con EL EXTRAÑO CASO DEL SEÑOR WILSON, de Carl Stanley; EL MISTERIO DEL CAMPO DE SOJA, de Alfredo Martin; EL GUALICHO, de Guillermo Vidal y CAZADOR, de Darío Alonso.


Axxón 234 – septiembre de 2012

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Fantasía : Posesión : Argentina : Argentino).


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