¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

Quedaron en silencio, buscándose los ojos en la penumbra.

—No es broma —repitió Gregorio—. Le tengo miedo a la oscuridad. Mucho miedo.

Tras un breve titubeo, Martina se llevó el cigarrillo a los labios. Lo prendió. Durante unos segundos la llama perfiló las siluetas de ambos contra el fondo claro del respaldo de la cama; entonces volvió la penumbra. Martina dio una segunda calada y lo dejó en el cenicero. Gregorio no fumaba.

—Bueno, parece que te dejé muda —continuó él—. ¿Se debe a la sorpresa o al enojo? ¿Cómo debo interpretarlo?

Martina miró hacia la puerta abierta, desde donde se derramaba la luz tenue del pasillo.

—No me enoja ni sorprende —dijo; extendió la mano hasta la mesa de noche y fumó; el humo parecía gasa liberada al aire oscuro. Se reclinó sobre el codo izquierdo para volver a dejarlo; después de dudar un momento, se enderezó y bajó los pies de la cama. Tomó el cenicero con dos dedos y lo equilibró con cuidado junto a su pierna—. Es que me molesta que nunca me lo hayas dicho. Después de todo es una necedad. Oye, miedo a la oscuridad, por Dios.

—De haberlo sabido, ¿igual te hubieses casado conmigo?

Martina giró para observarlo unos momentos, esperando vislumbrar su sonrisa entre las sombras, pero no la vio; él hablaba en serio.

—Hay veces que no te entiendo, Goro. Hace cinco minutos eras una especie de animal desbocado… —Dio una calada estratégica para darle tiempo a que él asimilara el cumplido; «Hemos hecho el amor por primera vez y aunque no fue satisfactorio espero que mejore con la práctica, si logro que él se relaje», pensó; entonces agregó—: Y ahora descubro que acabo de casarme con un nene de mamá que le tiene miedo al monstruo del ropero.

—¡No! No es eso lo que quise decir. Yo… ¡Ey! ¿Dijiste animal desbocado? —Algo en el timbre de la voz le dijo a Martina que él intentaba reprimir una sonrisa. Quizá, casi sin proponérselo, había logrado llegar al centro de su encubierta y precaria vanidad. Gregorio era muy tímido, y sin duda le iba a resultar difícil conversar con él sobre la reciente sesión de sexo—. ¿Una especie de toro, o cómo?

—Gregorio, por favor. Pensé que habías insistido en dejar encendida la lámpara del pasillo porque te daba vergüenza mostrarte desnudo a plena luz. —Apagó el cigarrillo, aplastándolo casi con furia; no estaba siendo justa con él; se recostó.

—Bueno, algo de razón tienes.

—¿Pero?

—Pero no fue sólo por eso. Se trata de algo más profundo, más intenso. —Gregorio hizo una pausa para sentarse erguido. Estiró los brazos hacia delante, encontró los bordes de la sábana y comenzó a cubrirse con parsimonia—. No es un temor como el que sentíamos de chicos, cuando nos amenazaban con el coco o el hombre del saco. Es un poco complicado de explicar.

—¿Te refieres a…? ¿Cómo se llama… claustrofobia?

—No. La claustrofobia se relaciona con el temor morboso a los lugares cerrados, iluminados o no. Yo no le temo al encierro, sino a la oscuridad, aunque tampoco a la oscuridad en sí misma, ni a lo que puede ocultarse en ella, sino a la forma en que actúa sobre nosotros.

—Humm. ¿Podrías ser más específico?

—Por supuesto, te lo explicaré. —Dudó un instante, como si buscara las palabras que no molestaran, para que no hirieran—. De chico me aterrorizaba despertar en mitad de la noche para descubrir que la luz estaba apagada —dijo—. Una vez, cuando mi brazo había quedado colgando por el costado de la cama, la cosa escondida allí abajo se estiró y me agarró; sentí que se deslizaba sobre mi piel, toda babosa, yo paralizado, y que se metía por mi nariz y me llenaba la cabeza; en algún momento creo que vi todo negro. No me acuerdo bien si después pasó algo más, pero mamá despertó con mis gritos, vino y encendió la luz. Estaba pálida; y nunca más se le fueron las ojeras. Me despertaba llorando, casi todas las noches. Mamá se levantaba y venía a consolarme, asegurando que ella estaría allí siempre, que no me dejaría solo, que todo era producto de mi imaginación, «un retacito de sueño», lo llamaba. “Eres un chico inteligente, Gregorito”, me decía, “y sabes que los monstruos no existen, que abajo de la cama no hay más que zapatillas y un bollo de medias sucias. Y las medias sucias no se convierten en un monstruo baboso ni nada semejante”. Yo me sorbía los mocos —tardaba bastante en tranquilizarme— y respondía que sí, que sabía muy bien que las medias no se volvían monstruos, pero que había otra cosa más que podía tomar forma si yo le daba la oportunidad de hacerlo, por ejemplo, dejando caer un brazo con la luz apagada.

Guardó silencio. “Si empieza a contar malos sueños no terminará jamás”, pensó Martina. Echó un rápido vistazo a las sábanas. De su lado, eran un auténtico revoltijo; las de Gregorio estaban lisas, cubriéndole hasta mitad del pecho. Después de hacer el amor cada uno había regresado a sus hábitos de inmediato: ella, al cigarrillo, él, a sus monólogos. Martina se preguntó, y no por primera vez, si de veras lo conocía, a él, a su marido, aunque todavía le resultaba extraño referirse a él con esa palabra, porque en su mente, “su marido” seguía siendo otro.

Se enderezó. Miró la mesa de noche como si fuera ajena.

—¿Vas a prender otro?

—Ahora que lo dices, sí —respondió mientras lo hacía, más por rebeldía que por verdadera necesidad. Aspiró con avidez, una y otra vez, observando cómo la brasa se acercaba al filtro. Se sintió algo mareada. Gregorio no decía nada, con seguridad estaba molesto o desconcertado. Se extendió sobre la cama, con el brazo del cigarrillo extendido fuera del borde. Repasó la apresurada ceremonia de la tarde, casi sin invitados (su propia hermana se fue sin saludar y lo mismo un primo de él; que ojalá se hayan ido juntos); recordó a los testigos silenciosos y con caras de querer estar en cualquier otra parte (su única amiga, que no veía desde hacía un año, y el único amigo de él, que veía todos los días en el trabajo); pensó en el viaje de bodas que no empezaría mañana. No tenían dinero para una luna de miel; pasarían juntos sus respectivas licencias laborales —una semana—, aprovechando el tiempo para conocerse mejor; quizá ir al cine a ver alguna de esas películas de terror que tanto le gustaban a él y tanto detestaba ella; quizá Martina accedería a que Gregorio le leyera en voz alta el primer capítulo de su libro preferido, cuyo título ella siempre olvidaba para exasperación de él. Al respecto, habían llegado a una solución de compromiso: excepto por un cuento en los tiempos de la escuela, ella jamás había leído nada fuera de historietas, recetas de cocina o libros de autoayuda (porque ésos sí, aunque no le sirvieron de nada), y como él era un lector voraz y deseaba “adentrarla en el fascinante mundo de la literatura”, ella había accedido gustosa a las sesiones de audio-lectura. Incluso llegó a prometer que si los primeros tres o cuatro capítulos le gustaban lo suficiente, haría el esfuerzo de leer el libro por sus propios medios. “¡Y eso sí que sería flor de sacrificio!”, se dijo a sí misma; debía tener casi doscientas páginas y era mucho más extenso que…

—… contártelo.

—Uy. ¿Qué dijiste? —Martina se estaba quemando los dedos. Aplastó la colilla en el cenicero sobre la mesita de noche—. Disculpa, estaba en la luna.

—Ja, está bien, no hay problema. Decía que me arrepentí de contártelo, eso. Que te quedaste muy callada. Y todavía no te expliqué cómo sigue lo de mi miedo.

Martina dudó entre encender o no un tercer cigarrillo. Había apagado el primero después de dos caladas, fumó el segundo demasiado rápido y empezaba a dolerle la cabeza. A doler no, a pulsar, como si tuviera un tambor enano encerrado en el cráneo.

—No seas tonto, me acordaba de la ceremonia, nomás —dijo, por decir algo. Sin saber muy bien la razón, continuó—: Yo también le tuve miedo a la oscuridad, pero no de chica sino de grande.

Se produjo un crujido cuando él cambió de posición en la cama para mirarla de cerca.

—¿Quieres decir siendo adulta? —preguntó.

—Ajá, pero preferiría dejarlo para otro momento. Termina de contar lo que querías contar.

Gregorio volvió a su posición anterior, codos apoyados, la vista clavada en el rectángulo de luz en el pasillo.

—Lo que te dije del monstruo tomando forma bajo la cama fue para que te hicieras una idea. Porque ya desde niño mi imaginación tenía la mala costumbre de jugarme bromas pesadas.

Martina asintió en la penumbra. Sabía de la mente soñadora de Gregorio, de sus ilusiones de llegar a escribir algo grande algún día. Su empleo en la librería no hacía más que alimentar dichas fantasías.

—Tendrías que dejar de mirar esas películas horribles de muertos que caminan.

Gregorio rió.

—No serviría de nada; no es tan fácil negar el horror cuando uno lo lleva adentro —dijo.

—Continúa —dijo Martina; decidió encender el tercer cigarrillo para ocultar el temblor que de repente se había adueñado de sus manos.

Gregorio hizo una pausa antes de preguntar:

—¿Te suena Guy de Maupassant?

—¿Actor francés?

—Acertaste a medias. Fue un excelente cuentista, nacido en 1850 y muerto en 1893. Su relato más famoso es ‘El Horla’; es un ente venido desde otro plano existencial que visita a un hombre durante la noche y lo arrastra día a día a la locura. Por supuesto que al tipo le parece imposible, pero sabe que la criatura está ahí, en su habitación, observándolo y tocándolo mientras duerme y se propone destruirla.

—¿Logra hacerlo?

—La verdad es que no. El hombre se suicida. ¿Quieres leerlo?

—Cuando me olvide del final, Goro, porque lo terminas de contar. Ya no tiene gracia. ¿Ese cuento te recuerda al monstruo de abajo de la cama?

—Podría ser. —Gregorio tosió un par de veces.

—Perdona. ¿Lo apago?

—Olvídalo, no me molesta. En realidad quería hablarte de otro relato. Se llama ‘¿Quién lo sabe?’ y cuenta la historia de un hombre solitario, una especie de filósofo-soñador, que se pasó toda la vida aferrado a sus posesiones materiales. Una noche, al llegar tarde a su casa, descubre una hilera de muebles escapando por el jardín: el sillón salía contoneándose por la puerta, seguido por mesas, escritorios, armarios.

Martina dirigió la mirada hacia la izquierda, donde se perfilaba el recuadro oscuro del ropero. Lo imaginó arrastrándose a duras penas hacia la puerta, cargado de pantalones, toallas y camisas, y encorvándose para poder atravesar el umbral. La idea le pareció tan ridícula que soltó una carcajada.

—Sabía que te ibas a reír —dijo Gregorio con un leve tono de reproche.

—Discúlpame, sabes, pero estamos en un quinto piso, y de sólo pensar en el ropero tratando de meterse en el ascensor —No pudo controlar una nueva carcajada que terminó en un ataque de tos.

—Reconozco que suena gracioso, sí, pero por favor, me interesa que comprendas la idea básica que sugieren esos dos cuentos.

—Ahhh, sí, sí. ¿Y cuál es?

—Que cuando estamos en la oscuridad pueden ocurrir las cosas más insólitas o imposibles, puesto que en ese momento no funcionan las pautas lógicas que moderan nuestra visión de la realidad, porque estamos fuera de la realidad.

“Upa, eso sí que es demasiado espeso para mí”, pensó Martina, aunque prefirió callarlo para no herir los sentimientos de Gregorio. Ya bastante mal le había caído a su marido que se riera de la idea.

Mi marido. La expresión bastó para ponerle la piel de gallina. La palabra marido hacía revivir la terrible experiencia con el otro, el primero, el que todavía aparecía de vez en cuando en sus sueños y la hacía despertar gritando. Porque no había un monstruo debajo de la cama sino una bestia encima de ella, dentro de ella, y el horror había estado presente cada noche en la forma de puñetazos, patadas y quemaduras de cigarrillos.

Martina aplastó la tercera colilla y agradeció que Gregorio hubiese preferido hacer el amor en penumbras: tenía muchas cicatrices que ocultar. Docenas de círculos de piel arrugada en vientre, nalgas y senos, dondequiera que la bestia había plantado sus cigarrillos, indiferente, ¿o no?, a sus gritos de dolor. Eran minúsculas, apenas moneditas de cinco centavos, pero cómo habían dolido. Y no quería dar explicaciones sobre ellas, todavía no; al menos no durante la primera noche que dormían juntos.

Martina buscó la mano de él bajo las sábanas para confirmar su presencia; la encontró fría y sudorosa, muy diferente a la que la había acariciado tímidamente un rato antes.

—Hasta lo más imposible puede suceder mientras la oscuridad nos envuelve —continuó él, concentrado, eligiendo sus palabras con cuidado—, porque es una forma de no estar. Y en definitiva, ¿adónde vamos cuando se apaga la luz? ¿Quién vela por la coherencia de la realidad cuando no hay nadie allí para verla?

Martina no lo sabía, pero tampoco estaba segura de entender de qué le estaba hablando. Lo que sí sabía era que se había casado con Gregorio Paz (un hombre al que había conocido apenas dos meses atrás en la librería donde él trabajaba) porque sentía que no le quedaba tiempo, que había derrochado la mejor parte de su vida, y que con Gregorio no sólo olvidaría al otro, a la bestia, sino que también hallaría la paz que siempre había buscado sin saberlo.

«Encantada —había dicho ella en el fondo del local, rodeada de mesas repletas de libros en oferta; sostenía en la mano un ejemplar de ‘He Logrado Renacer Y Usted También Puede Hacerlo’—. Me llamo Martina. Martina Guerra». Y él, los ojos abiertos de asombro tras los cristales de las gafas, había exclamado: —¡Pues mire usted qué casualidad! Yo soy Gregorio Paz. ¿Qué le parece una tregua?—. Entonces ambos habían reído nerviosos, quizá porque desde ese momento los dos deseaban que pasara algo.

—A veces la realidad y el sueño se entrelazan —continuó Gregorio, sacando a Martina de sus recuerdos; bostezó, y temió quedarse dormida—. ¿Has oído hablar de Franz Kafka? Fue un escritor nacido en Praga en 1883 y muerto cerca de Viena en 1924. Apenas si publicó algunos relatos durante…

—Bueno, bueno, está bien —lo interrumpió ella—. No necesitas soltar todo el rollo cada vez que nombras a alguno de esos dichosos escritores, ¿estamos?

—Estamos. Decía que a pesar de no haber publicado mucho en vida, fue autor del extraordinario relato ‘La metamorfosis’, donde…

—¡Ey! ¡Ese título me suena! Creo que lo leí en la clase de literatura, en el colegio. —Martina entrecerró los ojos en la penumbra, intentando recordar la historia. Tenía algo que ver con un hombre que despertaba transformado en una babosa, ¿o era una araña? De todos modos, estoy casi segura de que se trataba de algún bicho por el estilo. Pero había pasado tanto tiempo, ni siquiera se acordaba del nombre del protagonista—. Gregorio —dijo—, ¿era el que trataba sobre…?

—Espera —la interrumpió—. No quiero hablarte de ese cuento en particular, sino de una breve anécdota que tiene a Kafka como protagonista. Se dice que una tarde visitó a su amigo Max Brod, quien vivía con el padre, y que al entrar en una habitación despertó al anciano señor Brod. En lugar de disculparse, Kafka alzó las manos para tranquilizarlo y le dijo, atravesando la habitación en puntillas: “Por favor, considéreme un sueño.”

—Un sueño. Oye, ¿no quieres hacer el amor otra vez? —preguntó ella, en un intento por terminar con una conversación que le iba resultando más inquietante por momentos—. Me gustaría…

Gregorio se giró para mirarla a la cara; en la expresión de su rostro Martina creyó descubrir lo que él estaba a punto de decir, que sí pero con la luz del pasillo encendida.

—Mira, yo… —comenzó.

—¡Déjalo! —dijo ella, y le volvió la espalda, pero al hacerlo volcó el contenido del cenicero sobre la alfombra, junto a la cama.

Martina extendió la mano y removió con un dedo las colillas y la ceniza, haciendo eses. Al final, con un suspiro, se incorporó y salió del cuarto sin decir palabra.

Caminó por el corredor hasta la cocina; abrió la heladera y buscó una fruta; era su propio apartamento y cuando llegaron luego de la ceremonia, le pareció que seguía viviendo soltera, como antes; aunque en realidad, era viuda. Se sentó en una de las sillas y dio un mordisco a la manzana; se mesaba el cabello mientras masticaba con fruición. De pronto, un ruido a sus espaldas la sobresaltó. Se levantó de un salto y se puso contra el muro, pero era Gregorio.

Ilustración: Guillermo Vidal

—No pensé que te asustarías tanto —dijo él; se había colocado el pantalón del pijama; el pecho, de piel clara y sin vello, todavía tenía el aspecto del de un niño. Ella estaba completamente desnuda.

—Es que no esperaba que me siguieras —dijo, y al instante se dio cuenta de que no eran las palabras adecuadas.

—Si crees que te persigo, volveré al dormitorio —dijo él, con una sonrisa triste de disculpa; se volvió y salió sin esperar respuesta.

Martina dejó la mitad de la manzana sobre la mesa; de pronto, tenía unas irrefrenables ansias de fumar, pero los cigarrillos habían quedado junto a la cama. “Si vuelvo allá, aparecerá la bestia, seguro, y…”. Se tapó la boca, como si hubiera hablado en voz alta. Sintió que su cuerpo se cubría de sudor, como la otra vez, cuando el otro… “¿Cuando el otro, qué? ¿Hasta cuándo seguirá esta incertidumbre? ¿Cuándo lograré sacármelo de encima?”.

Volvió a la silla y se tomó de la mesa con los brazos abiertos. Apoyó la frente sobre la madera fría. Cerró los ojos. Recordar. Tenía que recordar. Recordar lo que faltaba recordar. Martina volvió a poner las imágenes en movimiento; las torturas del marido, aunque allí faltaban detalles; la mañana que lo vio por última vez, antes de salir hacia el trabajo, él dormía boca abajo, con un brazo colgando hacia el suelo, con la mano junto a un cenicero colmado de colillas. Después, la película de su memoria continuaba por la tarde, cuando fue a la casa de su amiga y le contó las torturas a que él la sometía; aquella había sido la razón de que no se hubiesen visto durante tanto tiempo. Sara creía que ella estaba loca. Loca o algo peor. “¿Cómo puedes seguir aguantando a ese animal, Martina?”, dijo. “¿Cómo es que no lo denuncias?”. Durmió mal, cama ajena, ruidos ajenos, olores ajenos. Al día siguiente unos policías fueron a buscarla a la oficina donde Martina trabajaba de secretaria. Querían averiguar todo, a qué hora había salido, dónde había estado, todo. Le informaron que su casa se había incendiado y que habían encontrado a su marido muerto allí.

Martina sabía que no recordaba ciertos detalles, como el de la bestia, a él le gustaba plantarle cigarrillos en el cuerpo porque… y ella… “Maldición, siempre quedo en lo mismo. No hay caso. Esas lagunas son insondables.”

Con la frente aún apoyada sobre el plano de la mesa, Martina se durmió, o al menos entró en ese estado de duermevela previo al verdadero sueño. “No puedo dormirme,” se dijo, sobresaltada. “No puedo dormirme y dejar a Gregorio en la habitación. Solo.” Se incorporó decidida, o al menos creyó hacerlo. La luz fluorescente encima de la cocina le resultó fría e irreal, como si iluminara un mundo distante y ella se encontrara en ese mundo, trasladada sin previo aviso y sin explicación posible. Escuchó un roce a sus espaldas. Martina giró y vio a su marido cruzando el umbral. No a Gregorio, sino al otro, como si el tiempo no hubiera transcurrido y acabara de levantarse de la cama. Tenía un aspecto reseco y ennegrecido, y crujía al caminar, un sonido como de hojarasca en otoño, el sonido de las cosas viejas que han perdido derecho a existir. Al llegar junto a la mesa, se detuvo y exclamó, sonriendo sin labios:

—Por favor, considérame una pesadilla.

Martina intentó alejarse pero sus minúsculas e innumerables patas de insecto no la sostuvieron, y se tumbó sobre las alas coriáceas de su espalda. Por sobre su vientre convexo, estriado y blanquecino distinguió la silueta de su marido, que avanzaba hacia ella. Seguía mostrando los dientes requemados en una grotesca mueca y la señalaba con un dedo, acusador.

—Te lo mereces —dijo—. Eres un bicho, una cosa, y te has ganado un castigo como este. Tu infierno privado. —Con horrible parsimonia se llevó la mano al bolsillo de los restos quemados de su pantalón y extrajo una cajetilla de cigarrillos; luego, los fósforos. Encendió uno y aspiró el humo con evidente placer, expulsándolo por los orificios desnudos donde había tenido la nariz—. Ahora terminaremos con nuestro asunto. Dejaste caer esa colilla en la cama, cobarde, mientras estaba dormido; me dedicaste la peor de las muertes, así que ahora llegó el momento de resarcir.

Despertó. Estaba sola con los brazos abiertos en cruz sobre la mesa de la cocina, y lo de recién no había sido otra cosa que una brevísima pesadilla. “Por Dios, ¿qué está sucediendo? Se trata de mi noche de bodas, no puedo estar pensando estas locuras.” Ya no podía contener sus deseos de fumar; se levantó; tenía las manos y el cuerpo bañados en sudor. Caminó con paso leve y al llegar a la puerta del dormitorio se asomó. Gregorio estaba sentado, la sábana cubriéndole púdicamente el pecho de niño. Extendió la mano y apagó la luz del corredor.

¡Ahhhhhh! ¡Qué haces! —exclamó Gregorio—. ¡Vamos!

Ella volvió a encenderla.

—Quería saber si estaba la bestia. Quiero los cigarrillos —dijo ella, y se extrañó del tono suplicante que había en su voz.

—Ven. Fuma aquí. Quiero decirte lo que falta. De otra manera, comenzaremos este matrimonio con mala base. —Él había movido la sábana a un lado para que ella se metiera en la cama—. Fuma todo lo que quieras, pero no te vayas, no me dejes solo.

“¡Esas fueron las palabras! Esas palabras dijo el otro cuando yo…”

En ese momento Martina comprendió que iba a suceder otra vez. Su repentina inquietud no tenía nada que ver con los nervios pasados durante la ceremonia nupcial, ni con los problemas que tuvo para meter al inseguro Gregorio en la cama; allí, esa noche, la bestia había regresado.

Se acercó a la cama pausadamente, midiendo cada paso, con los ojos fijos en el óvalo claro que era la cara de Gregorio en la penumbra. Se inclinó para tomar un cigarrillo y el encendedor y lo prendió con la misma lentitud. Él mantenía la mirada fija en el rectángulo de luz de la puerta.

—Suponte que no me conoces, es decir, que no nos hemos casado ni nada, y que por una extraña red de accidentes estamos aquí, en este dormitorio, solos, así, sin otra persona en la casa. —Permanecía como congelado, sin girar la cabeza hacia ella, de pie en la penumbra—. Acabas de entrar en la habitación, y en lugar de verme, lo que hay sobre esta cama es una cosa. ¿Qué harías?

—Estás loco —dijo Martina, fumando con tanta ansiedad que el cigarrillo ardió entre sus dedos en segundos—. Me casé con un loco.

Gregorio ahora la miró. A pesar de la media luz, sus ojos tenían la fuerza de la fiebre.

—Dices que estoy loco porque no me reconoces, cuando en realidad no me conoces —afirmó.

—Tú a mí tampoco, si vamos por ese lado. No sabes de mí nada más que lo que te he contado, que ha sido bastante poco, la verdad.

—Por eso, extraños como somos el uno al otro, creo que ha llegado el momento de desnudar nuestros secretos. —Por un momento Martina temió que él dijera resarcir. La fiebre le enrojecía los ojos; parecía no parpadear—. ¿Comienzas tú?

Martina se sentó en la cama; ansiaba sustraerse de la vorágine de esa mirada, aunque no quería perderlo de vista; cruzó las piernas.

—Mejor continúa tú.

—Hasta donde te conté, estoy convencido de que la realidad existe como la vemos mientras estamos a plena luz; cuando la luz se va, la realidad tiene leyes que no conocemos, y que también comienzan a gobernar nuestra propia vida. —Se quedó mirándola, a la espera de alguna frase que señalara su incomprensión; sin embargo, en el fondo de los ojos de ella había un atisbo de conocimiento.

—Algo como la bestia —dijo—. Algo que está siempre aquí, pero que sólo viene a la vida cuando está oscuro.

Porque Martina, de repente, recordó algo que había perdido: Una noche, creyó ver que una especie de cosa oscura, como sangre, que resbalaba desde el hombro del otro hacia abajo; prendió la luz, pero no había nada; volvió a apagar y esa cosa, que se había detenido, se irguió, se apartó un poco del brazo de él y de pronto ella se encontró mirando un par de globos que brillaban y que la llenaban del asco y el terror más intenso; sintió que se le metía en la cabeza como una lengua. Desesperada, sin aliento, encendió la luz para que desapareciera, pero sabía que ya estaba dentro de ella.

Gregorio se sorprendió ante la síntesis; era exactamente eso; ahora no sería complicado explicarle por qué necesitaba que siempre hubiera una luz y estaba a punto de expresar su alegría, cuando ella continuó hablando.

—La bestia necesita de nosotros, necesita que nosotros sepamos de ella, y que aceptemos compartir con ella su realidad. —Apagó el cigarrillo sobre el pecho de Gregorio; él no reaccionó. Entonces extendió la mano y tomó dos de la cajetilla y los encendió—. Toma, comparte la bestia conmigo. Hay ciertas reglas, claro, pero puedo explicártelas todas, y nunca, nunca, te dejaré solo, a menos que quieras abandonarnos. Entonces te mataré.

La mano blanca y delgada de Gregorio salió de debajo de la sábana y recibió lo que ella le entregaba.

 

Graciela Lorenzo Tillard, nacida en Córdoba, Argentina, ha colaborado con fanzines tanto electrónicos como de papel, y en un par de antologías. Uno de sus relatos es “La peste amarilla en la Buenos Aires”, que apareció en MENHIR 2 (papel) y en ALFA ERIDIANI 4 (digital). Fue finalista del concurso Ficciones Breves 2009 de Axxón con el relato “VERGÜENZA”. Ha publicado prosa, crítica, infantil y poesía, además de traducciones. La lista detallada puede ser consultada en su página web.

Además de otros cuentos junto a Fabio Ferreras, en Axxón hemos publicado LA RESIDENCIA, CARTA A IVÁN, CONFESIÓN, NOME Y YO, VERGÜENZA, TRISTEZA, LA SOMBRA e INSPIRACIÓN.

 

Fabio Ferreras nació en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1972. Estudió Ingeniería Industrial y actualmente reside en la misma ciudad donde nació. Ha publicado en revistas digitales como PÚLSAR, AXXÓN, NUEVOMUNDO, REVISTA 800, ALFA ERIDIANI, ERÍDANO, INSOMNIA —dedicada a Stephen King—, NM, NGC 3660, RESCEPTO, y otras. Otros relatos aparecieron en la revista CUÁSAR o antologías como “Razas estelares” y “Especial Asimov”, de Andrómeda, en “Mañanas en sombras” y “Los universos vislumbrados 2”. También tiene relatos seleccionados para “Fabricantes de sueños 2007” y “Visiones 2008”, antologías publicadas por la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror. Su relato En el patio, con Mortimer, conmigo apareció en “Paura 3”.

Hemos publicado de Fabio, sin Graciela, los cuentos VIVIR A DIARIO, CIERTO TUFO A PODRIDO, LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD, AUTOESTOP, UNA DE DOS, DESDE LA JAULA, ALIMENTO PARA PERROS, LA TRIPLE MUERTE DE MOFFO MÖNNLY, y TIEMPO (DE) REVELADO (junto a Raquel Froilán).

 

Juntos han publicado aquí los cuentos ESPORA, MATRYOSHKA y CONVERSACIONES.


Este cuento se vincula temáticamente con LUCY Y EL MONSTRUO, de Ricardo Bernal; FAIRLANE, de Sergio Bonomo y MEMORIA, de Ricardo Axel Casal.


Axxón 227 – Febrero de 2012

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Terror : Abuso, maltrato : Argentina : Argentinos).


4 Respuestas a ““De espaldas la oscuridad”, Graciela Lorenzo Tillard y Fabio Ferreras”
  1. Graciela dice:

    Gracias, Edu
    Y gracias a Guillermo Vidal por su fantástica ilustración.

  2. admin dice:

    El agradecimiento debe ser para Silvia, Dany y su equipo, que son los que se esfuerzan por llegar cada mes con este magnífico material. Y gracias a vos y a Favio, por aportar para Axxón

  3. dany dice:

    Me han sorprendido gratamente. Me gusta que se juegue en los límites de lo posible, de lo sobrenatural. Felicitaciones.

  4. Erath Juarez dice:

    Excelente cuento, gracias. Con lo que me gustaba dormir con las luces apagadas.

  5.  
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