¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

La campanilla repiqueteaba muy profundo en su cerebro mientras intentaba sacudir las telarañas del sueño que lo ataban al piso y le impedían incorporarse. La nave se bamboleaba suavemente pero mientras se ponía de pie, luchando con la debilidad del despertar, Teo sabía que el primer bandazo estaba próximo.

Llegó cuando intentaba alcanzar la caldera: un sacudón que lo levantó por el aire, lo golpeó contra el borde de la barquilla y lo desparramó otra vez.

Pero ya estaba despabilado. La alarma de altitud baja seguía sonando. Se incorporó de un salto y se asomó por el borde. Como era lógico suponer, la base de la nave había golpeado el océano. El rebote la había alejado una decena de metros, pero la parábola no tardaría en volver a ser descendente. Teo corrió hasta la caldera y revisó la presión. Sabía, antes de verla, que estaba muy por debajo del nivel de flotación.

—¡La puta que lo parió! ¡La puta madre que lo parió!

Debajo de la caldera estaba el depósito. Quedaban tres piedras. Se apresuró a meter una en la caldera, abrió el paso hacia el globo y liberó el reactivo. Una rápida explosión tornasolada empañó el cristal de la caldera. El gas comenzaba a emanar y a ascender por la tubería hasta el cuerpo del dirigible. En unos minutos habría normalizado la presión. Pero aquello no iba a ser suficientemente veloz.

Desesperado, comenzó a hurgar en la barquilla hasta que encontró la bolsa reforzada y la llenó rápidamente con los objetos más pesados que tenía a mano. Cuando calculó que tendría diez o doce kilos, la cerró herméticamente, cuidando de dejarle la mayor cantidad de aire posible, le ató la soga de cuarenta metros, y la arrojó por la borda.

La barquilla dio un nuevo salto, reforzando el envión que le había dado el panzazo en el agua. Teo se asomó y miró la bolsa caer en el océano. Unos segundos después salió a flote.

Suspiró, aliviado. Ya no existía el riesgo de sufrir el efecto ancla que lo hubiera obligado a cortar la soga y perderla, junto con la bolsa y todo su contenido. Y aunque restaba chequear que el gas se liberara lo suficientemente rápido, los años de navegar y sufrir contingencias como esa le decían que ya todo estaba bien.

Eso era justamente lo que lo molestaba. Después de tantos años, no debería sufrir esos descalabros. Volvió al camastro y revisó el reloj despertador. Las manecillas giraban normalmente. Pero marcaban las 2AM cuando claramente era de día. “Casi mediodía”, pensó Teo, levantando la vista hacia el sol invisible arriba del dirigible. Y si de algo estaba seguro era que no era el año 1996.

—¿Quince años? ¿Te parece que puedo haber dormido quince años? —le dijo al despertador y lo arrojó con furia contra el borde de la barquilla. El reloj estalló en ruido de resortes y una lluvia de pequeñas partes de metal.

Lo lamentó al instante.

En ese momento hubo un pequeño tirón. La nave recuperaba altitud pero había llegado al límite de la soga. Se asomó al borde, con un cuchillo en la mano. Luego de un par de segundos dubitativos, arrastrando la bolsa como un anzuelo con su presa, la nave despegó la soga del océano. Teo dejó el cuchillo en el piso y se puso a recoger la soga.

La bolsa estaba empapada por afuera pero completamente seca en su interior. La trama de la tela era tan cerrada que resultaba impermeable. Un hallazgo de una de sus últimas incursiones.

Dejó todo el contenido en su lugar, ató la bolsa a un tirante para que se secara con el viento y se dedicó a revisar cada soga que ligaba la barquilla al dirigible. Todas tenían la tensión adecuada. Era muy raro que tuviera que ajustar alguna sin haber soportado una tormenta, pero no tenía otra cosa que hacer. Y asegurando todo se sentía menos culpable por el descuido anterior. Se ató de la cintura a la barquilla con la misma soga que había amarrado la bolsa, y trepó por la escalerilla que llevaba a la malla que rodeaba el globo. Aunque había poco viento y la soga hacía más engorrosa la tarea, a esa altura las ráfagas traicioneras aparecían de golpe, con suficiente fuerza como para hacerle perder el equilibrio. Conocía historias. Él mismo había encontrado un dirigible sin ocupante a la deriva, y había tomado todo lo útil antes de llevarlo al apostadero más cercano. Como nadie lo había reclamado, se subastó y Teo recibió una buena cantidad de provisiones a cambio.

Mantuvo la soga tirante, ayudándose para caminar sobre el dirigible, buscando posibles perforaciones y escapes en la tela del globo. Tener la vista fija en la superficie también evitaba que el vértigo se adueñara de sus sentidos y le hiciera marearse lo suficiente como para llevarlo a un desmayo. Le había pasado dos veces. Una, había despertado acostado en el globo, las piernas y brazos enredados en la malla, quizá de puro reflejo. La otra, colgando de la soga treinta metros por debajo de la barquilla. Izarse a pulso no era agradable. Tampoco los moretones y las costillas fisuradas por el tirón de la soga.

Su dirigible, al que había bautizado Victoria, tenía ciento veinte pies de largo por casi treinta de ancho. Casi toda la tela era original, exceptuando tres remiendos. Las juntas era donde más ponía el ojo. Teo sabía que tarde o temprano tendría que parar para retocar las costuras, pero por ahora estaban perfectas.

Y por encima de todo, adherida por estática, estaba la pantalla colectora de calor. Hasta donde sabía Teo, una malla de fibras, que actuaban parecido a un filtro polarizador accionado por la misma electricidad estática, con dos posiciones. En ese momento estaba negra, como él la había dejado. Pero luego de perder calor toda la noche, al gas le llevaría un buen rato alcanzar el grado de dilatación ideal.

Bajó hasta la barquilla y entonces sí, se animó a levantar la mirada e inspeccionar lo que el día le deparaba. La nube perenne, que cubría el cielo hasta donde alcanzaba la vista —y daba toda la vuelta al globo terráqueo, hasta donde él sabía—, estaba menos oscura que de costumbre. Teo supuso que se debía a que estaba bastante cerca del Trópico de Capricornio, quizá incluso más al sur. Decidió chequearlo con su lumiscopio.


Ilustración: Pedro Belushi

Por suerte, tenía otro reloj, un Harrison original, porque sin uno hubiera sido imposible hacer el cálculo. Un par de siglos atrás —algunos decían que menos—, antes de que las nubes cubrieran el cielo —y el efecto invernadero derritiera los polos y la mayor parte del mundo desapareciera bajo cientos de metros de agua y blablablá—, los marinos usaban un instrumento llamado sextante, triangulando con el sol y las estrellas para determinar su ubicación. Teo no lograba imaginarlo.

Rebuscó en el pequeño armario que había en la proa y lo sostuvo en la mano, disfrutando de su peso, acariciando con el pulgar las letras “H-18”, en relieve en el contorno de bronce. Lo había conseguido en un velero que había encontrado a la deriva cerca del Polo Norte. Era, probablemente, su posesión más preciada, además del Victoria mismo, claro. Sólo que dirigibles seguían construyéndose y relojes como ese ya no.

En el mismo estuche estaba el lumiscopio. Lo tomó, lo dirigió hacia arriba y fue ajustando la lente polarizadora hasta sincronizar y enfocar las imágenes de las nubes. Aquello le dio una lectura de intensidad lumínica, la potencia que tenía la luz refractada en ese punto, que obviamente dependía del espesor de la capa de nubes. Teo sabía —a pesar de haber destrozado el calendario, y volvió a lamentarlo— que era el 2 de febrero de 1984. Consultando la tabla en la tapa del estuche del lumiscopio, podía saber la altitud relativa del sol en ese día puntual del año. Y cruzando los datos, podía saber latitud.

Algo estaba mal. Por la cantidad de luz, había imaginado que estaba rondando el Trópico, quizá más al sur, acercándose al paralelo 35. Pero el cálculo que acababa de hacer lo ubicaba muy cerca del Polo Sur, casi en el paralelo 90. Y si fuera así, debería al menos visualizar la cordillera transantártica, que junto con la península y el Macizo Vinson eran los pocos puntos del continente más alto que aún asomaban del océano.

Nada de eso estaba a la vista.

Desconfiando de lo que veía a ojo desnudo, sacó del armario el catalejo liviano y escudriñó el mar sombrío. Dio casi 360 grados antes de encontrar algo en lo que fijar la vista, hacia el este. Se veía como un punto oscuro, pero imposible saber qué era. Maldijo en voz alta, pero no dudó en buscar el catalejo pesado, cuyo pie insertó en la cuña que tenía preparada en la barquilla antes de ponerse a trabajar con las lentes.

Por lo que podía distinguir con el aumento al máximo —aunque algo fuera de foco— había un cúmulo de barcos y estructuras flotantes arracimadas, cuya pieza principal era una vieja plataforma despojada de su torre de extracción. Teo conocía ese lugar. Mucho antes había sido una mina oceánica, de la que extraían carbón inyectando chorros de agua a alta presión. La gran inundación había hecho implosionar el pozo de extracción y ahora funcionaba como una simple posta que él había utilizado varias veces. Estaba regenteada por un tipo llamado Beneke, un negro racista que odiaba a los blancos y no los dejaba repostar allí. Pero si uno estaba lo bastante sucio, Beneke hacia la vista gorda.

Dejó el catalejo y se puso a desplegar y alinear las velas, que hasta ese momento había tenido guardadas, ya que sólo estaba vagando a la deriva. Las velas asomaban a babor y estribor y servían no sólo para avanzar en línea recta sino para definir el sentido de esa línea recta. El Victoria tenía también una hélice trasera con motor a vapor, pero el carbón se había convertido en un bien casi tan precioso como los diamantes —más, si alguien le preguntaba—.

Luego de un rato, la posta fue visible a simple vista. Lo extraño, pensó Teo mientras cambiaba la dirección de la carga estática de la pantalla colectora —para llevarla al blanco y perder altura— y preparaba el Victoria para amerizar, era que si no recordaba mal, la plataforma estaba anclada en lo que había sido la cima de la isla Tristán de Acuña, a los 37º de latitud.

 

 

—¡Así que pensaste que estabas llegando al Polo! —Beneke repitió aquello por enésima vez y, como en todas las anteriores, largó una risotada que dejó ver los pocos dientes que le quedaban. Los dos marineros de color que los acompañaban en la mesa se unieron al escándalo.

Teo los dejó hacer un rato, hasta que se calmaron.

—Ya, ya, no es para tanto. Ustedes salgan, hagan su medición y después me cuentan qué les dice su lumiscopio.

—Depende de cuánto alcohol hayas usado para limpiar la lente —dijo Beneke, y las risas explotaron otra vez. A Teo mismo le costó no festejar la ocurrencia.

El negro lo había mirado bastante mal cuando entró. Los dos marineros, que decían venir desde la costa de Austria, ocupaban una mesa y su conversación había cesado al instante. El silencio denso duró hasta que se acercó a la barra y le pidió una botella de ese feo licor que Beneke fermentaba en las bodegas de uno de los carboneros amarrados a la plataforma. Aquello era casi como una contraseña.

Ahora las risas menguaban, más por cansancio que por otra cosa. Teo se sirvió otro vaso de licor y expuso su teoría:

—Yo creo que la capa de nubes se está haciendo más delgada.

Hubo risas, pero un tanto forzadas. Los marineros lo miraron a Beneke, esperando que dijera algo. Oportunidad que, sin duda, no iba a dejar pasar:

—¡Oh, vamos, hombre! Mientras las fábricas de los ingleses sigan quemando carbón, como desde hace más de dos siglos, la nube oscura seguirá ahí, arriba de nuestras cabezas…

—Dicen que en el Himalaya hindú hay más fábricas inglesas que las que había en Inglaterra—dijo uno de los marineros.

—Claro, en Inglaterra se les complicaba encender las calderas… —dijo el otro—, ¡tenían todos los fósforos mojados!

Chocaron los vasos y rieron.

—Sí, eso ya lo sabía —dijo Teo; aún intentaba encontrarle una lógica a lo que le había pasado—. Pero no creo que sigan trabajando al mismo ritmo que antes. Piénsenlo —de pronto se entusiasmó con su propio razonamiento—, antes de las aguas, fabricaban para unos ochocientos millones de personas…

—¿En serio? ¿Tantas? —preguntó Beneke, desconfiando.

—Es lo que dicen los libros —Teo se encogió de hombros—. Ahora… no sé, no creo que haya datos, pero si hay cien… doscientos millones, es mucho.

—¿Tan pocos? —preguntó ahora Beneke, más escandalizado que antes.

—Algunos dicen que es mentira que se hayan ahogado tantos —dijo un marinero.

—Es verdad —dijo el otro—. Hablábamos del Himalaya, por ejemplo, y sólo allá están todos los ingleses y la mitad de los australianos… Imagínense lo que debe ser vivir ahí, apretados como sardinas…

Beneke miraba mortalmente serio a los marineros. Teo no tuvo problemas en imaginar por qué: los austríacos se habían metido sin tacto en un tema demasiado sensible: el de los muertos en la gran inundación. La versión oficial de la Sociedad de las Naciones decía que la ayuda para evacuar y las tierras secas habían sido dispensadas equitativamente. La versión más creíble, que mientras yanquis y europeos se aseguraban las tierras altas, los habitantes de naciones pobres habían sucumbido barridos por las marejadas y tsunamis. Sobre todo los de África y Polinesia. Y, mirando el rostro de Beneke, no cabía duda de a qué versión le daba más crédito…

Teo carraspeó para desviar la atención. No estaba de ánimo para una discusión de ese tipo:

—No importa, es una suposición. Lo que digo es que ya no se fabrica tanto como antes porque no hace falta. Hay menos gente, y por eso se necesita menos ropa, menos muebles…

—¡Menos autos y trenes!

Los marineros entrechocaron los vasos entre risas y apuraron un pequeño trago. A esa altura cualquier excusa era buena para brindar y embucharse otro trago. Teo los acompañó con una sonrisa y una mirada de soslayo a Beneke, que parecía haberse tranquilizado.

—Sí, menos autos y trenes. Y hay barcos de vapor, pero con el carbón tan escaso, cada vez se los ve navegar menos…

—No hay como un buen velero —dijo un marinero.

—¡Por eso! ¡Todo eso me da la razón! Si las fábricas que formaron la nube trabajan menos, si hay menos motores quemando carbón, ¡puede ser que la nube esté disminuyendo!

Esta vez no hubo risas. Lo que decía hasta sonaba lógico.

—¿Y si fuera verdad?

—Si la nube desapareciera, nos achicharraríamos todos —dijo Beneke.

—Es verdad. Nuestro cuerpo no está preparado para ver el sol —dijo uno de los marineros—. ¿Se imaginan lo que le pasaría a nuestros ojos?

—No sé… —empezó Teo, no muy convencido.

—¿Y por qué no subes por encima de la nube para ver qué pasa?

—¿Estás loco? —El segundo marinero codeó al primero; luego señaló a Teo con el vaso de licor—. Si subiera por encima de la nube se derretiría el dirigible. Por el sol.

—Sí; o explotaría el globo, por el calor —acotó Beneke.

—Eso dicen que le pasó a un dirigible que venía del Altiplano… —dijo uno de los marineros.

—No, era uno que venía de los Andes —corrigió el otro y la conversación derivó por discusiones y carriles fantasiosos y difíciles de comprobar.

Teo se alejó mentalmente de la charla, pensando en lo que se había dicho. Entendía los miedos que expresaban los demás, porque él los compartía. Pero, de pronto, se le antojaban semejantes a los monstruos marinos de unos siglos atrás; nadie los había visto pero aparecían en los confines de todos los mapas, como si fueran una parte de la realidad.

Y la realidad es que nunca habían existido.

 

 

Al atardecer, canjeó algunas de las cosas que había rescatado en el último viaje por provisiones y —después de averiguar con el mecánico relojero de la posta que su reloj no tenía arreglo— un calendario. Ya era de noche cuando terminó de acomodar todas las provisiones en el Victoria y salió a vagar por la plataforma.

Parte de su canje habían sido hojas de coca para mascar, un lujo que sólo se permitía cada tanto. Mientras caminaba, se metió una en la boca.

Por suerte había llegado fuera de la época de tormentas. Recordaba un par de años atrás, que a pesar de su aparente tamaño gigantesco, la plataforma se sacudía como un barquito de papel en medio de las olas oscuras del océano embravecido. Teo no soportaba las tormentas en el mar. La sensación de inestabilidad, de estar sometido al capricho de un Dios iracundo… eso no le sucedía en el aire, donde se sentía dueño de sí mismo. Por eso había elegido al Victoria y no un velero para moverse por el mundo.

Además de la plataforma, tres buques carboneros y una enorme chata cubrían los cuatro costados de la posta y servían como depósitos y amarres para los visitantes de turno. A la luz de la luna tamizada por la nube, Teo contó tres veleros, un barco y dos dirigibles además del suyo.

El barco de vapor era una verdadera rareza. Era uno de esos con paletas laterales, como molino de agua. Antiguamente debió haber servido en un río —antes de que los ríos fueran engullidos por el océano—, donde las hélices podían llegar a enredarse con raíces o vegetación acuática. Era un sobreviviente, fuera de su lugar de origen. Un ser de otra época, intentando subsistir, adaptándose a la que le había tocado en suerte.

¿Y no eran eso todos ellos? Beneke, los austríacos, él mismo. ¿No eran supervivientes? ¿Seres de otra época? Mamíferos terrestres intentado adaptarse al agua y al aire.

Y el resto de la humanidad, agolpada en pequeños islotes de tierra firme, encimados unos a otros, como un hormiguero arracimado en la punta de un palo que apenas sobresalía del agua…

Todos estaban demasiado ocupados en sobrevivir y nada más. El progreso se había detenido. Ese optimismo por la ciencia que transmitían novelas como la que lo había inspirado al bautizar al Victoria ya no se respiraba en ningún lado; el océano se los había arrebatado. Teo imaginaba que, de no ser por ello, ese autor y quién sabe cuántos más habrían seguido escribiendo sobre las maravillas y los descubrimientos de la ciencia, contagiando a lectores como él las ganas de aprender y descubrir.

El ruido de risas lo distrajo. Era Beneke, que salía del bar con unos clientes. Teo supuso que a gente como Beneke, que vivía el día a día con placer, la situación actual del mundo no le disgustaba…

¡Ni siquiera sabía por qué diablos le molestaba a él, carajo, si era el mundo en el que había nacido! Quizá todo era culpa de sus lecturas…

Escupió al mar la hoja de coca desabrida.

No sabía por qué. Simplemente, no le gustaba pensar que todo seguiría siendo así para siempre. Quería pensar que aún había cosas por descubrir. ¿Que todo estaba cubierto por el agua? Bueno, quizás hubiera cosas para descubrir debajo del agua…

O encima de la nube perenne.

 

 

Por la mañana los austríacos ya no estaban. Pero siempre había alguien.

Teo se despidió de Beneke y los clientes de turno sin decir nada. Al principio había pensado que era bueno tener testigos, que alguien supiera qué iba a hacer. Alguien que le creyera cuando contara lo que había visto. O alguien que supiera su destino si no volvía.

Pero durante la noche, a medida que pasaban las horas sin poder dormir, a pesar de la decisión tomada y seguramente a causa de ella, la idea ya no le parecía tan brillante. Y se dio cuenta de que cualquier cosa que alguno le dijera en contra iba a minar la fuerza de la determinación, ya bastante escasa.

Así que ascendió y dejó que el viento de la mañana alejara al Victoria de la posta de Beneke.

Hasta media mañana, dejó que el ascenso fuera lento y natural, que el calor de la resolana calentara la pantalla y dilatara el gas. Disfrutó del viento azotándole el rostro, el cabello restallando detrás. Sentía que se despedía del mundo, pero no estaba triste.

Al mediodía, se dedicó a afirmar todas sus posesiones, instrumentales y provisiones, como si se dispusiera a afrontar una tormenta. Luego fue hasta la caldera y colocó juntas las últimas dos piedras que tenía. El efecto fue inmediato: el Victoria dio un brinco que casi lo tira al piso y comenzó a subir.

El dirigible navegó hacia el cielo durante una hora, dos, sin novedades. Por extraño que parezca, a medida que ascendía comenzó a hacer algo de frío. Fascinado por el fenómeno, Teo se puso un saco que reservaba para el invierno y se dio cuenta de que nunca en su vida se había acercado tanto a la nube. Ni siquiera se lo había planteado. Como si él mismo hubiera tenido los temores que expresaba el resto. Supuso que así era, después de todo, sólo era otro superviviente. Pero ahora, a menos que liberara la presión extra, ya no había vuelta atrás.

Durante un buen rato, la nube pareció estar siempre a la misma distancia, pero de pronto estuvo rozando el lomo del dirigible. Por un momento pensó que el Victoria rebotaría en la panza oscura de la nube, enviándolo en el viaje de regreso. Pero el globo desapareció, tragado por la masa oscura…

Y siguió subiendo.

Respiró, aliviado, porque eso quería decir que la nube tampoco era ácida y no estaba disolviendo su dirigible.

Cuando la barquilla también estuvo a punto de sumergirse en la nube, Teo estiró la mano, como si pudiera tocarla. Y así la mantuvo mientras todo a su alrededor se oscurecía y lo rodeaba una bruma pegajosa y fría. No era muy distinta de la niebla que en ocasiones flotaba apenas encima del mar, salvo por el color oscuro y espeso. Y mientras la nube gigante lo engullía, las imágenes de todos los monstruos marinos de los mapas acudieron a su mente, como imaginó que habrían visitado a Colón en el instante previo a internarse en mares desconocidos.

Pero nada sucedió. No había dientes ni tentáculos. Sólo el sonido del viento encapsulado en aquellas paredes intangibles…

La ropa, la cara y el pelo se le empaparon. De pronto el saco ya no alcanzaba para cubrirlo del frío que le calaba los huesos. A medias mirando, a medias tanteando, se acercó al armario de proa dispuesto a buscar otro abrigo, cuando un extraño brillo calentó su piel.

Alzó los ojos y tuvo que cerrarlos, deslumbrado.

Miró por el borde de la barquilla. Estaba arriba. El Victoria cabalgaba la nube como un mar de olas grises.

Y encima de todo, estaba el sol.

Un hermoso globo dorado, brillante como el bronce de lustre, rabioso como el fuego de carbón. Apenas si podía verlo mirando de reojo. Pero cerraba los ojos y podía sentir su aguijón repiqueteando en su piel, como el calor de una caldera bien alimentada.

Y no sentía temor. El Victoria seguía subiendo, incluso más veloz que antes. Podía sentir el calor en su rostro y sabía que la pantalla oscura del dirigible lo estaba absorbiendo, pero no sentía temor. La sensación, incongruente, era que el monstruo lo había aceptado en su madriguera.

—¡Uuuuhuuuuuuu! —Teo abrió los brazos y giró y gritó de gozo, eufórico. Sabía que había algo de miedo liberado y no le importó. En la despensa tenía una botella de licor. Tomó un trago y, usándola como filtro, observó el cielo.

El sol, estaba mirando el sol. Ni su padre ni su abuelo lo habían visto. ¡Ningún ser humano en más de dos siglos lo había visto!

Se quedó un rato más observando, embelesado, hasta que ya no pudo. Apartó la vista y la mancha oscura del sol lo siguió adonde posara sus ojos. Por unos minutos temió que la mancha no se fuera.

El frío ahuyentó sus temores. La temperatura había bajado mucho. Y a Teo le costaba respirar. Por un segundo, tuvo que reprimir el impulso de asomarse y asegurarse de que la nube seguía debajo. No parecía muy lejos, pero ya sabía que esa distancia era engañosa…

Decidió que ya era suficiente, que era hora de volver.

Cambió el color de la pantalla, liberó presión y comenzó a bajar. Seguía sin tener miedo franco, pero quería bajar y prestar atención a la nube en sí misma. A su espesor.

Pronto estuvo otra vez sobre el mar gris y se sumergió en él. Se apenó por perder aquel paisaje, aquella increíble sensación del sol sobre su piel… Pero no quería variar la velocidad del Victoria.

Contó los segundos que tardaba en salir de la nube. Uno, dos, tres, cuatro… La barquilla se asomó al mundo en apenas doce segundos. ¡Sólo doce segundos! ¡La nube no podía tener más de tres veces la altura del Victoria! Era mucho más delgada de lo que nadie imaginaba. ¡Y quería decir que de a poco estaba desapareciendo!

Teo levantó la mirada y observó, maravillado, el agujero que el dirigible había hecho en la nube. Retazos blancos y grises, como hilachas de un vestido desgarrado, se movían a su alrededor, y la nube tardaba en unirse para cubrir el hueco. Fue así que pudo dedicarle una última mirada de despedida al sol.

El orificio se volvió cada vez más pequeño, en parte por la distancia —quiso creer— hasta que la nube terminó por cerrarse otra vez. Casi como si lo hiciera a desgano. Le gustó pensar que así era. Pero de algo estaba seguro: un día el sol iba a aparecer. Y él iba a estar ahí para verlo.

 

 

 

Hernán Domínguez Nimo nació en Buenos Aires en 1969. Es redactor publicitario por la simple razón de que donde se siente a gusto es frente a un teclado o un papel. Como nunca consideró lo literario como una profesión (ya conocemos la situación de la Argentina, donde la ciencia ficción tiene miles de seguidores pero la industria editorial no lo aprovecha), es de los que escribe y escribe sin pensar que el objetivo del cuento no sea el hecho mismo de ser escrito. Tiene decenas de cuentos “cajoneados” que nunca se preocupó por publicar. Hace algunos años empezó a enviarlos a concursos de ciencia ficción del exterior. En 2002, Gérmine fue finalista en el Terra Ignota de México y posteriormente publicado en la revista 2001, de España. En 2003, Moneda común fue ganador del Concurso Fobos, Chile. Y desde entonces nadie ha podido detenerlo, por fortuna. Pasó por NECRONOMICÓN de Venezuela, PÚLSARES de Chile, ALFA ERIDIANI de España, etc., etc., etc.. Pueden ver el detalle en la Enciclopedia.

Hemos publicado en Axxón: NO, GRACIAS, CAMBIO, HASTA LA SIGUIENTE, VIAJE AL PASADO, EL MORADOR, EL GUASÓN, FINAL INCIERTO, MOTORHOME, MALOS PENSAMIENTOS, EL NÚMERO UNO, CAMINATA LUNAR, LA PRIMERA VEZ, EL DUEÑO DEL BARRIO, CON UN PIE EN LA TRAMPA, MORIR DE TRISTEZA, RAÚL, EL OTRO y ROBO HORMIGA.


Este cuento se vincula temáticamente con BUENOS AIRES BAJO EL RÍO, de Cristian Caravello; CRÓNICA DEL XXI, de Claudio G. del Castillo y LOS DIRIGIBLES, de Ricardo Curci.


Axxón 239 – febrero de 2013

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Ciencia ficción : Distopía postapocalíptica : Argentina : Argentino).


6 Respuestas a ““A la deriva”, Hernán Domínguez Nimo”
  1. Teresa dice:

    Hermosísimo cuento. Realmente hermoso. Creo que es algo sumamente delicado y equilibrado. Esa es la sensación que me dejó apenas terminé de leer este cuento que, en sí mismo ya es un ascenso. El grado de steampunk justo y sólidamente desarrollado, más ese dejo a aventura clásica que flota como un sabor residual por detrás de la contundencia del relato.
    Bueno, como dije, hermoso.

  2. Cristian dice:

    Un cuento suave y apacible donde uno descubre cinco minutos después de terminar la lectura, que le han descripto un mundo entero hasta el punto de poder sentirlo. ¡Felicitaciones, Hernán!

  3. Hernan Dominguez NImo dice:

    Muchísimas gracias, Cristian. Me alegro que todo lo que imaginé se haya transmitido. Soy de esos escritores que tratan de sugerir con pocos elementos más que con exhaustivas descripciones, y a veces temo pecar de cerrado (no por estilo sino por no ser obvio). Por eso me viene muy bien tu comentario.

  4. Ric dice:

    Felicitaciones por el cuento, Hernán. Me gustó mucho. Me dejó con ganas de más, de saber qué sucedería en ese mundo si de una vez por todas las nubes dejaran paso al sol.
    Un abrazo.

  5.  
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