¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

Eleo sacudió la cabeza y parpadeó repetidas veces sin quitar la vista del monitor, donde la imagen se iba disolviendo poco a poco. Se dejó caer contra el respaldo del sillón con un bufido de fastidio. ¡Qué contrariedad; era la tercera vez en lo que iba de la mañana que debía interrumpir su trabajo! Y todo por culpa de los módulos de memoria, tan antiguos que no podían manipularse con la velocidad requerida y que, sin variar, terminaban colapsando el sistema. Ahora tenía que esperar a que Unitral tomara nota de la anomalía, recuperara el control de la unidad, y volviera a hacerla operativa; pasaría al menos media hora, si tenía suerte.

Con pereza, decidió que esta vez no saldría a la galería; de todos modos no encontraría a nadie con quien conversar.

Extendió la mano hacia la canastilla que estaba junto al teclado y con un gesto infantil tomó el mazo de casi doscientas páginas que reposaba en su interior; lo abrió en abanico sobre el plano de la mesa mientras su boca dibujaba una amplia sonrisa. Leyó en voz alta, al azar:

«… dado que la verdadera historia de Helicobac, una vez expuesta al mundo…»

Poco a poco, el rostro surcado de arrugas de Eleo fue encogiéndose como si un puño gris e indiferente lo magullara antes de arrojarlo al basurero. Con el alma fatigada, cerró los ojos y se durmió.

 

 

Un pitido constante le hizo saltar a la vigilia. La unidad operaba otra vez y le estaba dando la bienvenida con el consabido «Buenos días, Eleo». En varias oportunidades había sugerido a Unitral que preferiría escuchar un saludo diferente, aunque fuera el cambio de la voz, pero su inquietud no encontró respuesta. Con un suspiro se inclinó sobre el teclado e ingresó la clave. También había hecho una acotación con respecto al innecesario ritual de la contraseña, y tampoco obtuvo resultado alguno.

Al cabo de unos cuarenta minutos la pantalla comenzó a variar de color. La misma voz le invitó con cortesía a almorzar. Casi con tristeza, vio cómo el último documento visualizado perdía definición, se integraba con el diseño de fondo y viraba todo al negro; un agradable tono de diapasón indicó que la sesión había terminado.

Levantó los ojos, pero no los fijó en ninguna parte mientras pensaba: ¿caminaré hasta el comedor y me sentaré junto al ventanal del ala este para contemplar una perspectiva del paisaje distinta a la habitual?; ¿o me dirigiré hasta el centro de esparcimiento y me meteré en uno de los cinemas para seguir revisando las viejas cintas de antaño, de la época en que un refresco enorme y un cono rebosante de maíz inflado era todo el alimento de mi jornada?; ¿o …? Mejor el cinema. El almuerzo podía esperar.

Eleo se levantó del sillón y abrió un cajón del escritorio, de donde extrajo un anotador de papel; lo guardó en el amplio bolsillo de la túnica y apagó las luces antes de abandonar el despacho.

El pasillo se extendía hacia ambos lados como una cinta gris de seda, interminable y aburrida. Giró a la derecha, subiendo el imperceptible declive de la rampa, inútil ahora que los androides no circulaban por el edificio. En la primera intersección tomó el pasillo de la izquierda y pasó bajo un parpadeante arco azul oscuro: “SECCIÓN AUDIOVISUAL”. Una tenue iluminación indirecta lo esperaba al otro lado. En la penumbra, un centenar de butacas enfrentaba la pantalla blanca y expectante. Tomó asiento cerca del pasillo, casi bajo el proyector.

Lo que el viento se llevó —dijo Eleo, pronunciando las seis palabras con lentitud.

Por encima de su cabeza hubo un chasquido, luego un suave deslizar rumoroso. Las luces redujeron su intensidad y la pantalla mostró la primera imagen.

Eleo asintió para sí, complacido por la película seleccionada. Desde la última vez que la vio debían haber transcurrido quince, no, veinte años, ¿o más? ¡Por Dios, cuántos! ¿Aunque tenía sentido preocuparse por el paso del tiempo, en su actual circunstancia?

Resopló fastidiado cuando la proyección se detuvo para mostrar el mensaje de letras rojas mayúsculas impresas sobre la imagen:

«Helicobac depende de usted; regrese ahora.»

En la pantalla, los perfiles de Vivien Leigh y Clark Gable se habían inmovilizado en la promesa de un beso. Eleo advirtió que había olvidado cómo terminaba la historia. ¿Recuperaba el apuesto Rhett Butler a la invencible Scarlett, o todo lo contrario? No, no podía recordar el final. Eleo sospechó que en realidad no lo había visto, que la cinta era una de las que sólo se conservaba un fragmento porque el resto se había perdido por simple desidia, o, lo que era peor, porque alguien en alguna parte y por algún oscuro motivo había decidido recortarla.


Ilustración: Tut

«Eleo, Helicobac depende de usted.

Diríjase ahora mismo al comedor.

El almuerzo lo está esperando.»

Qué importaba si la película elegida estaba entera y en buenas condiciones; de todas maneras nunca tenía el tiempo suficiente para terminar de verla completa.

Cuando llegó a la galería, en lugar de dirigirse al comedor, Eleo tomó el acceso principal para salir al aire libre. El sol del mediodía apenas calentaba su piel mientras se alejaba de los edificios de la Universidad, tres bloques en forma de U que abrazaban un parque que crecía como una infección descontrolada.

Eleo recordaba, ¿o creía recordar? —a veces la memoria le jugaba malas pasadas— que cuando aceptó aquel trabajo aún era un lugar agradable: una acertada combinación de canteros cuidados, macizos de coloridas flores, y grupos de cinamomos y calambucos aromáticos y repletos de vitalidad. Hoy se había convertido en una selva por momentos impenetrable del color del orín, invadida por el fleo y los matorrales espinosos, donde los querubines de mármol ya no lanzaban agua desde sus cántaros, inundadas de musgo sus cuencas vacías.

Eleo llegó al banco de concreto ubicado en el límite del campus y se desplomó sobre él. Allí adelante, la salvaje arboleda otoñal terminaba de repente, dando lugar a una carretera agrietada que corría hacia el brumoso perfil de la ciudad, allende el horizonte. Al otro lado de la calzada se alzaban tres casuchas en ruinas, un galpón de paredes de chapa ennegrecida y sin ventanas, y un edificio bajo y alargado que Eleo sospechaba debió ser la estación de autobuses. Un zumbido persistente flotaba en el aire, un ronroneo evocador que le hacía pensar en abejas y en gatos al mismo tiempo.

Suspiró. Extrajo el anotador del bolsillo, buscó el último apunte, el que tomara el día anterior sentado en ese mismo sitio, y leyó:

Otra vez he tenido problemas con la unidad de memoria. Otra vez me he negado a almorzar tal como Él quiere —aunque sé muy bien que terminaré obedeciendo—, y tras verificar que a Ciudadano Kane, definitivamente, le faltan los últimos treinta minutos de rodaje, crucé el parque y tomé asiento junto a la carretera. Al igual que los últimos seis días, he vuelto a experimentar la sensación de ser observado. Cuando levanté la vista hacia las casas de enfrente, creí advertir un movimiento con el rabillo del ojo, pero en cuanto logré concentrarme en ese punto, el movimiento, si es que lo hubo, ya era quietud.

Mañana probaré suerte con Lo que el viento se llevó.

Eleo cerró el anotador y miró hacia la izquierda. Una casa blanca de paredes derrumbadas, un vehículo de motor atacado por plantas trepadoras marchitas, los restos de una valla como dientes torcidos, un movimiento. Sí, allí: un rápido floreo rojizo. Ahora nada. Eleo se incorporó y corrió con zancadas poco seguras. La túnica y el largo pelo entrecano ondearon tras él con dudosa obediencia.

Se detuvo junto a la casa blanca con un jadeo exhausto. Giró la esquina, a tiempo de ver al androide que, vuelto a medias hacia él, se alejaba entre los escombros del patio. Vestía un overol carmesí. Su rostro inexpresivo lo observó, pareció meditar si debía detenerse o no. Luego siguió su camino, indiferente.

—¡Alto! —gritó Eleo con el poco aliento que le quedaba—. ¡Ya mismo!

El androide obedeció. Adoptó la posición de firmes. Su rostro ovalado destellaba azul plata bajo el débil sol otoñal.

—Me estabas vigilando —dijo Eleo, acercándose a él—. Hace una semana que me espías mientras tomo sol en aquel banco.

—Lamento contradecirlo, señor —objetó el androide con inesperada voz de contralto—. Sólo verificaba que no hubiera clientes esperando en la estación.

—¿Ese uniforme rojo te identifica como chofer?

—En efecto señor. Conductor de autobuses, Clase Dirigente. Destinado al recorrido Universidad-Buena Vista, señor.

Eleo soñó la ciudad en ruinas que dormía tras el horizonte.

—Debe hacer bastante tiempo que no llevas a nadie.

—Más de treinta y siete años, señor. ¿Desea la fecha exacta?

¡Dios! ¡Treinta y siete años! Eleo cerró los ojos con fuerza. El persistente zumbido era más ronco allí, como si al otro lado de la pared un enjambre enfurecido se aprestara a saltar sobre él. Treinta y siete años…

—Necesito saber más —dijo—. ¿Fui el último hombre? No lo recuerdo bien. ¿Trajiste a otros después de mí?

El androide inclinó la cabeza a un costado.

—Ahora que lo observo mejor, señor, y tras cotejarlo con mis registros de memoria, no me atrevo a afirmar con un cien por ciento de certeza que usted haya sido esa persona.

Eleo hizo un ademán con el brazo.

—Olvídalo —dijo—. Los hombres cambian, envejecen. Y olvídate de mí; elimíname de tus bancos de memoria.

Eleo dio media vuelta para regresar por donde había venido. Tras un muro de borde inclinado tuvo un atisbo de brillante metal anaranjado: el morro del autobús. El zumbido provenía del compartimiento del motor. Antes de irse, Eleo preguntó, de espaldas al androide:

—¿Me aseguras que no estabas espiándome, que no te enviaron aquí para impedirme dejar la Universidad?

—Por supuesto que no, señor —la voz de contralto flotó hasta Eleo—; iría en contra de mi función primordial.

—Entonces, si te digo que quiero volver a Buena Vista, ¿me conducirías sin ningún inconveniente?

El androide aguardó unos segundos antes de responder.

—Lo siento señor, pero no puedo responder a esa pregunta con certeza. Creo… —una pausa— creo que me negaría a llevarlo.

Eleo dejó escapar el aire que contenía desde que hizo la pregunta. Por supuesto que se negaría. ¿Cómo podía haber esperado otra cosa?

Regresó hasta el banco y tomó asiento. Desde allí ya no podía ver al androide, tampoco al autobús; sólo el zumbido persistía, aunque esta vez, lo sospechaba, sonaba sólo en su mente. Recuperó el anotador que dejara caer al suelo, una alfombra de hojas color ocre. De un bolsillo interior sacó un lápiz de grafito; lo encontró junto a los mazos de papel que utilizaba para escribir los informes de cada día, de cada mes y de cada año de los últimos treinta y siete años.

Tampoco tuve suerte con Lo que el viento se llevó, aunque no pude ver el final porque Él interrumpió la proyección. Y yo tenía razón, alguien me estaba observando, pero la esperanza fue vana: no era hombre, ni mujer. Apenas un maldito guardián.

Eleo levantó la vista hacia las casuchas de muros blanqueados por incontables soles. La cabeza del androide se mostró por un momento; luego se retiró.

Quizá mañana pruebe suerte con Humphrey Bogart y Casablanca. O con Titanic, aunque de ésa recuerdo bien el final; después de todo, el mundo entero se hunde un poco más cada día.

 

Se dirigió al despacho sin pasar por el comedor a buscar su almuerzo. Que el androide camarero haga con el plato lo que quiera, incluso comérselo si le es posible, pensó. Los corredores seguían desiertos y silenciosos. Si bien gozaba de un amplio permiso de circulación dentro de los límites de Hagiografía, el centro de investigaciones dedicado al estudio de toda la documentación que registraba la vida del dios Helicobac —o mejor dicho, su inicio a la vida—, Eleo tenía el acceso prohibido a vastas zonas de la Universidad. El subsuelo, por ejemplo. Cabía imaginar que el dios residía en él.

Se acomodó en su lugar frente al monitor e ingresó la clave. El documento se abrió en la pantalla.

Eleo cerró los ojos antes de reiniciar su trabajo. Es que había tanto para leer, tantos archivos almacenados en la memoria de ese artefacto que alguien —inútil saber quién— había descubierto en una sala del edificio. Todo debía ser leído cuidadosamente; la cantidad de documentos era inmensa y era muy fácil dejar pasar cualquier rastro, huella, el menor indicio reconocible que revelara el origen de Helicobac.

Desde hacía al menos treinta y siete años, Eleo escarbaba en cada uno de los módulos de memoria sellados —que con extrema paciencia debía abrir, decodificar, y leer— para luego copiar en papel, ¡sí, en papel!, todas aquellas cifras que, a su criterio, podían pertenecer a la historia del dios.

El objetivo, único y fundamental consistía en deshacer tales pruebas. La razón era evidente: a ningún dios le gusta saber que es producto de unas manos y cerebros tan inferiores como los del ser humano. Y sin embargo, qué ironía, necesitaba de un ser humano para hacerlo.

—Buenas tardes, Eleo —dijo la terminal.

Sacudió la cabeza, tratando de descartar ideas inútiles; había perdido la mañana y tenía mucha tarea por delante. Eleo, Hagiógrafo Personal del dios Helicobac, ya no pensaba cuánto más podría sobrevivir sin esperanzas a su propia realidad; porque el hecho de que estuviera vivo sólo significaba que tenía gran fuerza de voluntad; porque soportaba estoicamente el sonido de la voz que le invitaba a almorzar, que le daba los buenos días y las buenas tardes y las buenas noches, porque era su propia voz, que él mismo había grabado para escuchar una voz humana; porque no podía superar algunas rutinas innecesarias como la de iniciar una sesión bajo clave, aunque no había nadie más que pudiera abrir una sesión; porque no tenía manera de hacer perdurar a la especie, puesto que él mismo era toda la especie que quedaba.

—Hola —se respondió a sí mismo—. Módulo de memoria 3215-D, en la página donde lo había dejado… por favor.

 

 

Graciela Lorenzo Tillard, nacida en Córdoba, Argentina, ha colaborado con fanzines tanto electrónicos como de papel, y en un par de antologías. Uno de sus relatos es “La peste amarilla en la Buenos Aires”, que apareció en MENHIR 2 (papel) y en ALFA ERIDIANI 4 (digital). Fue finalista del concurso Ficciones Breves 2009 de Axxón con el relato “VERGÜENZA”. Ha publicado prosa, crítica, infantil y poesía, además de traducciones. La lista detallada puede ser consultada en su página web.

Además de otros cuentos junto a Fabio Ferreras, en Axxón hemos publicado LA RESIDENCIA, CARTA A IVÁN, CONFESIÓN, NOME Y YO, VERGÜENZA, TRISTEZA, LA SOMBRA e INSPIRACIÓN.

 

Fabio Ferreras nació en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1972. Estudió Ingeniería Industrial y actualmente reside en la misma ciudad donde nació. Ha publicado en revistas digitales como PÚLSAR, AXXÓN, NUEVOMUNDO, REVISTA 800, ALFA ERIDIANI, ERÍDANO, INSOMNIA —dedicada a Stephen King—, NM, NGC 3660, RESCEPTO, y otras. Otros relatos aparecieron en la revista CUÁSAR o antologías como “Razas estelares” y “Especial Asimov”, de Andrómeda, en “Mañanas en sombras” y “Los universos vislumbrados 2?. También tiene relatos seleccionados para “Fabricantes de sueños 2007? y “Visiones 2008?, antologías publicadas por la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror. Su relato En el patio, con Mortimer, conmigo apareció en “Paura 3?.

Hemos publicado de Fabio, sin Graciela, los cuentos VIVIR A DIARIO, CIERTO TUFO A PODRIDO, LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD, AUTOESTOP, UNA DE DOS, DESDE LA JAULA, ALIMENTO PARA PERROS, LA TRIPLE MUERTE DE MOFFO MÖNNLY, y TIEMPO (DE) REVELADO (junto a Raquel Froilán).

 

Juntos han publicado aquí los cuentos ESPORA, MATRYOSHKA, CONVERSACIONES, DE ESPALDAS LA OSCURIDAD, TOPACIO, ESENCIA Y NATURALEZA y FERVOR.


Este cuento se vincula temáticamente con LA GARRA DEL JAGUAR, de Ricardo Giorno; EL ÚLTIMO HOMBRE, de Alec Doorsot y LOS MOTIVOS DE MEDUSA, de Gerardo H. Porcayo.


Axxón 231 – junio de 2012

Cuento de autores latinoamericanos (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Inteligencia artificial : Relaciones máquina-hombre : Argentina : Argentinos).


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